Emprendimiento con propiedad fiduciaria

December 20, 2011

Por Hans-Hermann Hoppe (Publicado en Inglés el 18 de noviembre de 2011)

El artículo original, en Inglés, se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5817.

Traducido por Matt Martínez y publicado por www.miseshispano.com.

[Lo que sigue es la transcripción de un discurso pronunciado en el Simposio Edelweiss Holdings acontecido en Zurich, Suiza, el 17 de Setiembre  de 2011]

Déjenme empezar con una breve descripción de lo que hace un capitalista-emprendedor, y luego explicar cómo se modifica el trabajo del capitalista-emprendedor bajo condiciones estatistas.

Lo que el capitalista hace es esto: ahorra (o pide prestado fondos previamente ahorrados), contrata personal, compra o alquila bienes de capital y tierras y compra materias primas. Entonces procede a producir su producto o servicio, el que sea, y espera con esto realizar un beneficio.

El beneficio se define simplemente como un exceso de los ingresos de las ventas sobre el coste de producción. Los costes de producción sin embargo, no determinan los ingresos. Si los costes de producción determinaran el precio y los ingresos, todo el mundo sería un capitalista. Nadie fracasaría jamás. Más bien, son los precios e ingresos previstos los que determinan los costes de producción que el capitalista puede permitirse.

El capitalista no sabe cuáles serán los precios futuros o qué cantidad de su producción se comprará a dichos precios. Eso depende de los consumidores, y el capitalista no tiene ningún control sobre ellos. El capitalista debe especular con cuál será la demanda futura por sus productos, y puede equivocarse en esta especulación, en cuyo caso no genera ningún beneficio, sino una perdida.

Arriesgar tu propio dinero en anticipación de una demanda futura incierta es obviamente una tarea difícil. Grandes beneficios pueden esperarte, aunque también tu ruina total. Pocas personas están dispuesta a correr el riesgo, y a menos aún se les da bien y consiguen mantenerse durante algún tiempo.

De hecho, lo de ser capitalista tiene aún más miga.

Todo capitalista está en permanente competencia con los demás por la invariablemente limitada cantidad de dinero que se puede gastar en sus productos y servicios por parte de los consumidores. Todo producto compite con todos los demás productos. Cuando los consumidores gastan más (o menos) en algo, deben gastar menos (o más) en otra cosa. Incluso si el capitalista ha producido un producto exitoso y ganado un beneficio, nada garantiza que esto continúe. Otros hombres de negocios pueden copiar su producto, producirlo más barato, ofrecerlo a menor precio y sacarlo del mercado. Para prevenir esto, el capitalista debe por tanto continuamente intentar reducir sus costes de producción. Pero incluso tratar de producir lo que sea que produzcas más barato puede no ser suficiente.

El mix de productos ofrecidos por varios capitalistas está en constante cambio, y también la evaluación de estos productos que hacen los consumidores. Continuamente productos nuevos o mejorados se ofrecen en el mercado y los gustos del consumidor cambian constantemente. Nada permanece constante. La incertidumbre sobre el futuro que afronta cada capitalista nunca desaparece. El aliciente de los beneficios siempre está presente, así como la amenaza de las pérdidas. Por eso entonces es muy difícil ser continuamente exitoso como hombre de negocios y no retroceder al rango de empleado.

Durante todo esto, realmente solo hay una cosa con que el hombre de negocios puede contar, y es su propiedad real y física – e incluso ni siquiera eso es seguro, como veremos.

Su propiedad viene en dos formas. Primero, están los recursos físicos, los medios de producción, incluyendo la mano de obra, que el capitalista ha comprado o alquilado por un tiempo y que combina para producir lo que sea que produce. El valor de todos estos factores es variable como ya hemos explicado. Depende en última instancia de las valoraciones del consumidor. Lo que es estable es solo su carácter físico y sus capacidades. Pero sin esta estabilidad física de su propiedad productiva, el capitalista no podría producir.

Segundo, además de sus medios de producción, el capitalista puede contar con la propiedad de su dinero real. El dinero no es ni un bien de consumo ni un bien de capital. Es el medio común de intercambio. Como tal, es el bien más y más fácilmente demandado. Y se usa como unidad de cuenta. Para calcular beneficios y pérdidas, el capitalista necesita recurrir al dinero. Los factores productivos, los productos que produce, son inconmensurables, como manzanas y naranjas. Se hacen medibles solamente cuando pueden ser expresados en términos monetarios. Sin dinero, el cálculo económico es imposible, como ha explicado mejor que nadie Ludwig von Mises. El valor del dinero también es variable, como el valor de todo lo demás. Pero el dinero también tiene características físicas. Es dinero no fiduciario, como el oro y la plata, y beneficios monetarios los que están reflejados en un incremento de la oferta de estos elementos, oro o plata, a disposición del capitalista.

Lo que podemos decir entonces acerca de los medios de producción del capitalista y su dinero es esto: sus características físicas no determinan su valor pero sin sus características físicas no tendrían valor alguno, y los cambios en la calidad física y cantidad de sus propiedades afectan al valor de su propiedad, cualesquiera otros factores (tales como las volubles valoraciones del consumidor) pueden afectar también el valor de su propiedad.

Ahora déjeme introducir al estado y veremos cómo afecta el negocio del capitalista.

El estado se define convencionalmente como una institución que posee un monopolio territorial en la toma de decisiones en caso de conflicto, incluyendo conflictos que involucran al estado y sus agentes, y por añadidura, el derecho a cobrar impuestos – es decir, a determinar unilateralmente el precio que sus súbditos deben pagar por desarrollar esta tarea de tomar decisiones últimas.

Actuar bajo estas restricciones – o mejor dicho, falta de restricciones – es lo que constituye la política y la acción política, y debería estar claro que la política entonces por su propia naturaleza siempre implica malicia.

Más específicamente podemos hacer dos predicciones interrelacionadas sobre el efecto del estado en los negocios. Primero, y más fundamental,  bajo condiciones estatistas la propiedad real se transformará en lo que llamaremos propiedad fiduciaria. Y segundo y más específicamente, el dinero real se transformará en dinero fiduciario.

Primero, al ser el estado el árbitro último en todo caso de conflicto, incluyendo los conflictos en que está involucrado, el estado se ha convertido en el propietario último de toda propiedad. Por principio, puede provocar un conflicto con un hombre de negocios y entonces decidir en su contra y expropiarle quedándose el estado (o alguien de su esfera) con la propiedad física del empresario. O puede, si es que no quiere llegar tan lejos, hacer leyes o regulaciones que supongan una expropiación solo parcial. Puede reducir los usos que el empresario puede hacer de su propiedad física. Algunas cosas ya no le estarían permitidas al empresario de hacer con su propiedad.

El estado no puede incrementar la calidad y cantidad de propiedad real. Pero puede redistribuirla como le plazca. Puede reducir la propiedad real a disposición del empresario o puede limitar su grado de control; y puede entonces con ello incrementar su propiedad (y la de sus aliados) e incrementar su grado de control sobre todas las cosas físicas existentes.

La propiedad del empresario solo es suya  sobre el papel. Se les garantiza por el estado, y existe solo mientras al estado no se le antoje otra cosa. Constantemente, la espada de Damocles cuelga sobre las cabezas de los empresarios. La ejecución de sus planes de negocios está basada en la presunción de la existencia, a su disposición, de ciertos recursos físicos con sus capacidades físicas, y todas sus especulaciones sobre el valor se sustentan en esto. Pero estas presunciones sobre estas bases físicas pueden tornarse incorrectas en cualquier momento – y cálculos de valor también viciados – en cuanto el estado decida cambiar su actual legislación.

La existencia del estado por tanto aumenta la incertidumbre que afronta el empresario. Hace que el futuro sea más incierto de lo que sería en caso de no existir. Al comprender esto, mucha gente que podría convertirse en empresario, decide no intentarlo en absoluto. Y muchos hombres de negocios verán sus planes fracasar – no por no anticipar correctamente la futura demanda del consumidor, sino porque las bases físicas sobre las cuales sus planes estaban hechos, fueron alteradas por un cambio inesperado en la legislación.

Segundo, más que meterse con el capital productivo del empresario confiscándolo y regulándolo, sin embargo el estado prefiere meterse con el dinero. Como el dinero es el bien con más mercado, permite a los operadores del estado la mayor libertad para gastar sus ingresos como quieran. De ahí que el estado prefiera cobrar impuestos en dinero, también la confiscación de ingresos dinerarios y beneficios monetarios. El dinero real se confisca  a diferentes tasas. Así es como el dinero se vuelve fiduciario bajo las condiciones del estado. La gente solo posee su dinero siempre y cuando y mientras que el estado les deje conservarlo.

Aunque hay una segunda manera, incluso más malvada, en la que el dinero se vuelve fiduciario bajo condiciones estatistas.

Los estados en todas partes han descubierto una manera incluso más sutil de enriquecerse a costa de la gente productiva: monopolizar la producción de dinero reemplazando el dinero y el crédito reales con dinero y crédito fiduciarios.

En su territorio, por ley, solo al estado le está permitido producir dinero. Aunque esto no es suficiente. Mientras que el dinero sea un bien real, por ejemplo una materia costosa de producir, el estado no obtiene nada excepto costes. Es importante pues que el estado use su monopolio para reducir el coste de producción y la calidad de la moneda hasta prácticamente cero. En lugar de dinero de calidad como oro y plata, al estado le interesa que pedacitos de papel sin valor se conviertan en dinero.

En condiciones de competencia – es decir si cualquiera es libre de producir dinero – una moneda que pueda ser fabricada a coste cero, lo sería en cantidades tales que su utilidad marginal igualaría su coste marginal. Y como el coste marginal es cero, su ingreso marginal, es decir, el poder adquisitivo de este dinero, sería también cero. De ahí la necesidad de monopolizar la producción de papel moneda, para poder limitar su oferta  y así evitar condiciones hiperinflacionarias y la desaparición de este dinero del mercado para siempre (y una huída refugio hacia “valores reales”)- y tanto más cuanto más barato el dinero producido.

Habiendo monopolizado la producción de dinero y reducido su coste de producción y calidad a prácticamente cero, el estado ha conseguido algo fantástico. Crear dinero no cuesta casi nada y uno puede comprarse con ello algo realmente valioso, como una casa o un Mercedes.

¿Cuáles son los efectos de tal dinero fiduciario, en particular para los negocios? Primero y más general, más dinero no afecta la cantidad o calidad de los demás bienes no monetarios. Más bien lo que consigue la cantidad de dinero adicional es doble. Por una parte, los precios serán más altos de lo que habrían sido y el poder adquisitivo por unidad de dinero será menor. Y segundo, con la inyección de liquidez adicional, la riqueza existente será redistribuida en favor de aquéllos que reciben y gastan este dinero nuevo antes que nadie a expensas de aquéllos a los que les llega más tarde o al final.

Y específicamente para el capitalista entonces, el dinero nuevo le añade otra dosis de incertidumbre a su actividad. Mientras que se use oro y plata como dinero, puede que no sea “fácil” predecir la oferta futura y el poder de compra del dinero. Sin embargo, basándonos en información de los actuales costes de producción y beneficios industriales, es muy posible llegar a una estimación realista. En cualquier caso, la tarea no es pura conjetura. Y mientras que es concebible que usando oro y plata como dinero, los beneficios nominales puede que no sean siempre iguales a los beneficios “reales”, al menos es imposible que el beneficio nominal llegue nunca a ser cero. Siempre queda algo: cantidad de oro y plata.

En contraste con lo anterior,  en caso del dinero fiduciario, la producción del cual no está restringida por ninguna clase de limitación o escasez física natural sino que depende exclusivamente de la voluntad subjetiva (del emisor de moneda), entonces sí que la predicción de la futura oferta monetaria y su poder adquisitivo se convierten en conjeturas. ¿Qué hará el emisor del dinero? Y no es solo concebible sino una posibilidad muy real que los beneficios nominales terminen representando literalmente nada más que montones de papel sin valor.

Además, de la mano del dinero fiduciario viene el crédito fiduciario, y esto crea todavía más incertidumbre.

Si el estado puede crear dinero de la nada, también puede crear crédito de la nada. Y porque esto es así, sin contar con ahorros previos, puede ofrecer préstamos más baratos que cualquier otro, a tipos de interés por debajo del mercado, incluso a tipo de interés cero. El tipo de interés se distorsiona y falsifica, y el volumen de inversión se desliga del volumen de ahorro. Se generan malas inversiones de forma sistemática, inversiones que no respalda el volumen de ahorro. Comienza una bonanza inversora, a la que sigue necesariamente una crisis, reveladora de errores empresariales a masiva escala.

Por último, bajo condiciones estatistas, es decir, bajo un régimen de propiedad y dinero fiduciarios, el carácter de los empresarios y su manera de emprender cambian, y este cambio introduce otro elemento de riesgo en el mundo.

Sin intervención estatal, los consumidores determinan lo que se va a producir, en qué calidad y cantidad, y quiénes entre los empresarios tendrán éxito o fracasarán. Con intervención estatal, la situación de los empresarios cambia completamente. Es ahora el estado y sus operadores, no los consumidores, los que determinan finalmente quién sale adelante y quién no. El estado puede mantener a cualquier empresario vivo subsidiándolo o rescatándolo, y también puede arruinar a quien quiera investigándolo o simplemente encontrándolo culpable de no cumplir las regulaciones estatales o federales.

Además, el estado está a rebosar de impuestos y dinero fiduciario y puede gastar más dinero que nadie. Puede hacer a un empresario rico (o arruinarlo). Y el estado tiene un patrón de consumo diferente del de los consumidores normales. El estado no gasta su dinero sino el dinero de los demás, y en la mayoría de casos, no para sus propósitos personales sino los de terceros anónimos. De forma acorde, se comportan de forma frívola y derrochadora en su gasto. Ni el precio ni la calidad de lo que compran les preocupa demasiado.

Además de esto, el estado puede hacerse empresario a sí mismo. Y como no necesita obtener beneficios y evitar pérdidas, ya que siempre puede compensar sus ganancias con impuestos o dinero recién creado, está en disposición de competir mejor que cualquier productor privado del mismo bien o servicio.

Finalmente, gracias a su capacidad de legislar, el estado puede garantizar privilegios a algunas empresas, blindándolas de la competencia, y conseguir así expropiar parcialmente a otras.

En este entorno, es imperativo para todo hombre de negocios prestar atención constante a la política. Para sobrevivir y a lo mejor prosperar, debe gastar tiempo en estos asuntos que no tienen nada que ver con la satisfacción de sus consumidores, sino con el politiqueo. Y basándose en su comprensión de la naturaleza del estado y la política debe entonces hacer una elección: una elección moral.

Puede unirse y convertirse en parte de la empresa criminal que es el estado. Puede untar políticos, partidos políticos o empleados públicos, con dinero o en especie (incluyendo promesas de un futuro empleo en el “sector privado” como “miembros del consejo” o “consultores”), para granjearse ventajas con respecto a otras empresas. O lo que es lo mismo, puede pagar sobornos para asegurarse contratos y subsidios del gobierno excluyendo a la competencia. O puede pagar sobornos para que se hagan o se mantengan leyes que le aseguren sus privilegios y beneficios monopolísticos (y ganancias de capital) a la vez que expropian y dañan a su competencia. No hace falta decir que innumerables empresarios han escogido este camino. En particular la gran banca y las grandes corporaciones se han involucrado con el gobierno y muchos empresarios ahora ricos deben su fortuna más a sus habilidades políticas que a la satisfacción de sus clientes.

O bien el empresario puede escoger el camino honorable pero al mismo tiempo duro. Este empresario es consciente de la naturaleza del estado. Sabe que el estado y sus operadores van a intentar intimidarlo, confiscar su propiedad y su dinero e incluso peor, sabe que son arrogantes, inmorales, altaneros y pagados de sí mismos. Basándose en este entendimiento, esta clase de empresario intenta entonces  anticipar y adaptarse a los maliciosos jugadas del estado lo mejor que puede. Sin unirse a la banda. No paga sobornos para asegurarse contratos o privilegios del estado. En vez de eso, intenta lo mejor que puede defender lo que le queda de su propiedad y derechos de propiedad y obtener beneficios con su actividad empresarial.

Hans-Hermann Hoppe, economista de la Escuela Austriaca y filósofo anarcocapitalista, es profesor emérito de economía en la UNLV, miembro distinguido del Instituto Ludwig von Mises y fundador y presidente de The Property and Freedom Society.

Este artículo, originalmente publicado en LewRockwell.com, es el texto de de un discurso pronunciado en el Simposio Edelweiss Holdings acontecido en Zurich, Suiza, el 17 de Setiembre  de 2011.

About Rodrigo Betancur

Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
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