Francis Hutcheson: Maestro de Adam Smith

Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 24 de febrero de 2011)

Traducido del inglés,  y publicado en el Mises Daily en Español, por euribe.

El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4942.

[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]

El alumno y seguidor más eminente de Carmichael fue su sucesor en la cátedra de filosofía moral en Glasgow, Francis Hutcheson (1694-1746). Hutcheson era también hijo de un ministro presbiteriano de los escoceses del Ulster (o “esco-irlandeses”), que había nacido en Irlanda. Educado en Glasgow y luego en Dublín, Hutcheson le sucedió en la cátedra de filosofía moral en Glasgow en 1730, tras la dimisión de Carmichael, donde enseñó hasta su muerte 16 años después. Hutcheson trajo a la filosofía escocesa una sólida creencia en los derechos naturales y en la beneficencia de la naturaleza. Por tanto Hutcheson trajo al pensamiento escocés la visión global liberal clásica básica.

Francis Hutcheson era un profesor estimulante y dinámico que introdujo el estilo de andar de un lado para otro delante de su clase. El “nunca olvidable Dr. Hutcheson”, como se refirió a él Adam Smith en una carta medio siglo después, fue el primer profesor de Glasgow en enseñar en inglés en lugar de en latín y asimismo el primero en convertirse en amigo, guardián e incluso banquero de sus estudiantes. Sus clase sobre filosofía, política, derecho, ética y economía política atraían a estudiantes de toda Gran Bretaña, de los que el famoso fue Adam Smith, que estudió con él desde 1737 a 1740. La obra principal de Hutcheson, System of Moral Philosophy (1755), fue publicado por su hijo tras su muerte.[1]

El tratamiento del valor de Hutcheson en su Sistema es virtualmente idéntico al de Pufendorf. De nuevo la utilidad y la escasez son determinantes del valor. Empezando por la frase “cuando no hay demanda, no hay precio”, Hutcheson también apunta que algunas cosas altamente útiles, como el aire y el agua tienen poco o ningún valor a causa del abundante suministro proporcionado por la naturaleza. Un aumento en la escasez de oferta aumentará el valor o precio del bien; una oferta más abundante lo rebajará. Además, Hutcheson define perspicazmente el “uso” de forma altamente subjetiva, no simplemente como un bien que produzca naturalmente placer, sino como “cualquier tendencia a dar cualquier satisfacción, por costumbre general o moda”.

Sin embargo, por desgracia, Hutcheson también sufrió la confusión de Carmichael acerca de los costes reales y la aumentó. Pues Hutcheson no solo puso la “dificultad del trabajo” como un determinante, la hizo incluso mayor determinando “cuando las demanda de dos tipos de bienes sea igual”.

Adelantándose al famoso análisis de Adam Smith, Francis Hutcheson destacaba la importancia de una división del trabajo avanzada para el crecimiento económico. La libertad en ele mercado implica ayuda recíproca a través del intercambio mutuamente beneficioso, un ejemplo básico de la beneficencia de la naturaleza. La división del trabajo es clave para la preservación de la vida humana y Hutcheson muestra las enormes ventajas de la especialización, la habilidad y el intercambio por encima de la raquítica actividad de un Robinsón aislado. La extensión de la división del trabajo también conlleva a una comunicación más extendida del conocimiento y permite un uso mayor de maquinaria en la producción.

En su análisis del dinero, Hutcheson realiza un análisis de qué materias primas probablemente se elijan como dinero que solía ser el habitual en textos sobre dinero y banca hasta que los gobiernos destruyeron el patrón oro a principios de la década de 1930. El dinero, apuntaba Hutcheson, es una materia prima generalmente aceptada en un país concreto, que se convierte en usado como medio general de intercambio y como patrón común de valor y medida para el cálculo económico. Los materiales que se eligen como dinero en el mercado son los que tienen más cualidades monetarias: generalmente deseables y aceptables en intercambios, divisibles y pequeñas cantidades sin perder su parte de valor a pro rata, duraderos durante largos periodos de tiempo y portables, por lo que deben tener un alto valor por unidad de peso. Generalmente, apuntaba, la plata y el oro han sido los dos materiales que se han elegido como el dinero más apropiado, con las monedas convirtiéndose en la forma más popular precisamente por ser divisibles y fáciles de ofrecer una garantía de pureza.

El envilecimiento de las monedas aumenta su oferta proporcionalmente y aumenta los precios de los bienes en términos de la unidad monetaria. Como en el caso de todos los demás bienes, un aumento en la oferta de oro o plata, apunta Hutcheson, rebaja su valor en términos de otros bienes, es decir, aumenta sus precios en términos de metálico.

El logro más impresionante de Hutcheson fue su aguda refutación del satírico Bernard de Mandeville (1670-1733) cuya enormemente popular Fábula de las abejas o Vicios privados, beneficios públicos fue publicada en 1714 y ampliada y reimpresa en varias ediciones durante los siguientes 15 años.[2] En una obra equívoca pre-fisiocrática y protokeynesiana, la Fábula mantenía que el vicio del lujo, no importa lo deplorable que sea, desarrolla la importante función económica de mantener la prosperidad de la economía. Muchos historiadores, especialmente F.A. von Hayek, han sostenido que Mandeville fue un antecesor del laissez faire de Smith, ya que Smith sostenía que el interés propio del individuo se armoniza con los intereses de todos a través de la operación de la competencia y el libre mercado. Pero la intención y el análisis son muy distintos, pues Mandeville destacaba la supuesta paradoja de los “vicios privados, beneficios públicos” y los “beneficios” llegarían a través de mecanismo prekeynesiano del gasto de consumo. Además, Mandeville no llegaba en su análisis en modo alguno a conclusiones de laissez faire: por el contrario en una Carta a Dion (1732) publicada poco antes de su muerte, Mandeville insistía en que no se necesitaba el libre mercado, sino la “sabiduría” y “la diestra gestión de un político hábil” para transformas los vicios privados en ganancias públicas.

Además, la obra de Mandeville era virtualmente la encarnación viviente de lo que el economista francés del laissez faire del siglo XIX Frédéric Bastiat llamaría la “falacia de la ventana rota”. Mandeville no solo defendía la importancia del lujo sino asimismo del fraude, al ofrecer trabajo a los abogados, y el robo, por tener la virtud de emplear a cerrajeros. Y luego esta la defensa clásicamente imbécil de Mandeville en su Fábula de las abejas, del gran incendio de Londres:

El incendio de Londres fue una gran calamidad, pero si los carpinteros, albañiles herreros y demás, no solo los empleados en la construcción sino también los que trabajan en las mismas fábricas y otras mercaderías que se quemaron y otros comercios que también acudieron a ellos cuando estaban completamente empleados, fueran a votar contra quienes perdieron en el fuego, las alegrías igualarían, si no excederían a las quejas.[3]

“Keynesianismo” enloquecido o más bien llevado a su conclusión coherente.

La defensa de Mandeville del “vicio” del lujo fue bastante como para enfurecer tanto al economista racional como al presbiteriano que había en Francis Hutcheson. En su refutación, una versión previa de la ley de Say, apuntaba que el “gasto no realizado de una forma se hará otra y si no se desperdicia en lujos se dedicará a propósitos útiles y prudentes”. Por tanto el gasto en lujos difícilmente será necesario para la prosperidad económica. De hecho, continúa, son el ahorro y la laboriosidad los que ofrecen prosperidad al proporcionar bienes al público. Declaraba Hutcheson: los “bienes que llegan al público no se deben en modo alguno al lujo, el desenfreno o al orgullo, sino a la laboriosidad, que debe proveer a todos los clientes”. Ridiculizando a Mandeville, el generalmente sobrio Hutcheson respondía: “¿Quién puede sorprenderse de que el lujo o el orgullo se conviertan en un bien público, cuando incluso el mismo autor [Mandeville] supone que el robo sirva para éste, al emplear a cerrajeros?” El dinero ahorrado pero no gastado en lujos (o candados) será utilizado rentablemente en otro lugar, salvo que todos los demás deseos estén totalmente cubiertos, es decir, “salvo que todos los hombres ya estén tan bien provistos con todo tipo de utensilios útiles (…) que no pueda añadirse nada”.

Como propuesta general, Hutcheson pedía libertad y derecho natural de propiedad. Como indicaba en su Sistema:

cada uno tiene un derecho natural a ejercitar sus poderes, de acuerdo con su propio juicio e inclinación, pues esos propósitos, en toda industria, trabajo o entretenimiento, no son dañinos para otros en su persona o bienes, mientras no requiera necesariamente su trabajo un mayor interés público (…). A este derecho lo llamamos libertad natural.

Una frase irreprochable, excepto por la mala señal de la vaguedad en el concepto del interés público que “requiera el trabajo de un hombre”.

La devoción de Hutcheson por el laissez faire era sin embargo limitada y cauta. Así, en su Introducción a la filosofía moral, opina que “el pueblo necesita a menudo ser enseñado y conducido por la leyes a los mejores métodos de gestionar sus propios asuntos y ejercitar sus artes mecánicas”. Por ejemplo, en comercio internacional, Hutcheson estaba enfangado en un mercantilismo pasado de moda, defendiendo la regulación estatal para garantizar una “balanza comercial favorable” y los altos aranceles proteccionistas, así como las subvenciones públicas a la navegación para desarrollar la industria.

La devoción de Hutcheson por los derechos naturales se vio aún más debilitada por ser el primero en bosquejar la quimérica y desastrosa fórmula del utilitarismo: “la mayor felicidad para el mayor número”, posiblemente después de adquirir ésta o su equivalente de Gershom Carmichael.

Las influencias concretas de Hutcheson sobre Adam Smith se detallarán más posteriormente: baste con decir que el orden de temas de las lecciones de Hutcheson, tal y como se publicaron en el Sistema y escuchó en joven Smith en la Universidad de Glasgow, es casi el mismo que el orden de capítulos en La riqueza de las naciones.

Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.

Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.


[1] Una versión más concisa, pero menos eficaz, Introduction to Moral Philosophy, fue publicada inmediatamente tras su muerte en 1747.

[2] Mandeville era un médico holandés que pasó gran parte de su vida en Inglaterra. La Fábula de las abejas era ella misma una ampliación de un ensayo satírico, El enjambre gruñón o Los bellacos,  hechos honrados (1705).

[3] Fábula de las abejas (1924), p. 359. Citado en el excelente artículo de Salim Rashid “Mandeville’s Fable: Laissez-faire or Libertinism?”, Eighteenth-Century Studies, 18 (Primavera de 1985), p. 322.

About Rodrigo Betancur

Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
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