En Defensa del Racionalismo a ultranza

Reflexiones sobre la “La Retórica de la Economía“ de Donald McCloskey

Hans-Hermann Hoppe

Revisión de “The Rhetoric of Economy“ de Donald McCloskey (Madison: University of Wisconsin Press, ® 1985 por la Junta de Regentes de la Universidad de Wisconsin).

Índice de contenido

1.El Relativismo de la Hermenéutica y la Retórica y las Reivindicaciones del Racionalismo            2

2.La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos (Primera Parte)            11

3.La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos (Segunda Parte)            22

4.El Racionalismo y los Fundamentos de Economía                                                              31

Revista de Economía Austriaca, Volumen 3

1. El Relativismo de la Hermenéutica y la Retórica y las Reivindicaciones del Racionalismo

Durante algún tiempo, el establishment dominante en el ámbito de la Filosofía se ha visto atacado por gentes como Paul Feyerabend, Richard Rorty, Hans G. Gadamer y Jacques Derrida. Una suerte de movimiento que ya ha conquistado a numerosos miembros de la profesión filosófica y que está ganando terreno, no sólo en disciplinas blandas como la Crítica Literaria y la Sociología, sino incluso en las duras como las Ciencias Naturales. Con la obra de Donald McCloskey “The Rhetoric of Economics“ (Madison: University of Wisconsin Press, 1985) este movimiento está dispuesto a invadir el terreno de laEconomía. Sin embargo, no es solamente un economista ortodoxo neoclásico de Chicago como McCloskey quien predica la nueva teoría; también G.L.S. Shackle y Ludwig Lachmann, autor que se sitúa en los márgenes de la Escuela Austriaca de Economía, y también los hermenéuticos de la George Mason University apoyan el nuevo credo.

Sin embargo, este credo no es completamente nuevo. Es la antigua melodía de escepticismo y nihilismo, de relativismo epistemológico y ético lo que se canta aquí con renovadas, modernas y variadas voces. Richard Rorty, uno de los campeones destacados de ese credo, la ha presentado con admirable franqueza en su “Philosophy and The Mirror of Nature (“La Filosofía y el Espejo de la Naturaleza“). 1 Quien se opone a este viejo movimiento, aunque renovado, es el Racionalismo y, en particular, la Epistemología como producto del Racionalismo. El Racionalismo, escribe Rorty:

Es un deseo de límites —un deseo de encontrar “cimientos” a los que aferrarse, estructuras más allá de las cuales uno no debe aventurarse, objetos que se impongan, representaciones, que no se puedan contradecir—. (pág. 315)

La noción dominante de la Epistemología es que para ser racional, para ser plenamente humanos, para hacer lo que debemos, tenemos que ser capaces de llegar a acuerdos con otros seres humanos. Construir una Epistemología es encontrar el mayor número de puntos en común con los demás. Suponer que se puede elaborar una Epistemología implica asumir que esa base común existe (pág. 326).

Sin embargo, Rorty afirma que no existe tal base común: por lo que el falso ídolo del Racionalismo debe caer y se debe adoptar una posición “relativista”, denominada Hermenéutica.

  1. Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1979.

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La Hermenéutica ve las relaciones entre varios discursos como hebras de un posible diálogo o conversación, una conversación que no presupone la existencia de ninguna matriz que discipline a los que hablan, pero donde la esperanza de acuerdo nunca se pierde mientras la conversación dure. Esta esperanza no se orienta a descubrir los antecedentes de un preexistente terreno común, sino que es simplemente esperanza de acuerdo o, al menos, emocionante y fructífero desacuerdo. La Epistemología ve la esperanza de acuerdo como una señal de la existencia de puntos en común entre los interlocutores que, quizá sin su conocimiento, les une en una racionalidad común. Para la Hermenéutica, ser racional es estar dispuesto a ignorar la Epistemología —es creer que existe un conjunto especial de términos en los que todas las contribuciones a la conversación se deben expresar— y estar dispuesto a aceptar la jerga del interlocutor en lugar de traducirla a la propia. Para la Epistemología, ser racional es encontrar el conjunto adecuado de términos a los que traducir todas las contribuciones para que el acuerdo pueda llegar a ser posible. Para la Epistemología, la conversación es investigación implícita. Para la Hermenéutica, la investigación es una conversación rutinaria (pág. 318).

Lo que Rorty denomina Hermenéutica, McCloskey lo llama Retórica. En “La Retórica de la Economía“, intenta persuadirnos de que en Economía, al igual que en cualquier juego de lenguaje en el que participemos, la pretensión racionalista y epistemológica de proporcionar una base común que haga que sea posible el acuerdo-sobre-algo-objetivamente-cierto está fuera de lugar. La Economía también es mera retórica. Es otra contribución a la conversación de la humanidad, otro intento de mantener una rutina. No existe para descubrir la verdad sino por sí misma; no persigue convencer a nadie de nada sobre la base de criterios objetivos, porque no existen, simplemente su objetivo es ser persuasiva, persuadir por persuadir.

La Retórica es el arte de hablar. En términos más generales, consiste en el estudio de cómo se convence a la gente, (pág. 29)

La Retórica … es la caja de herramientas que sirve a la persuasión en su conjunto, que está a disposición de quienes quieren persuadir a otros, lo hagan bien o mal (Págs. 37-38).

[La Economía debe aprender las lecciones de la crítica literaria]. La crítica literaria no se limita a emitir juicios respecto de si una obra es buena o mala; en sus formas más recientes la cuestión difícilmente se plantea. Principalmente se preocupa de hacer ver a los lectores en qué medida poetas y novelistas consiguen los

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Racionalismo

resultados que se proponen. Una crítica económica … no consiste en emitir un juicio sobre la economía. Es una forma de mostrar cómo consigue sus resultados. Aplica los mecanismos de la crítica literaria a los textos de Economía (pág. XIX)

[La categorías verdad y falsedad no tienen ningún papel en este esfuerzo. Los estudiosos] se dedican a otras cosas, pero son cosas que solamente tienen una relación incidental con la verdad. Lo hacen no porque son inferiores a los filósofos en su fibra moral, sino porque son seres humanos. La búsqueda de la verdad constituye una pobre teoría de la motivación humana y no como imperativo moral no funciona. Los científicos humanos persiguen la persuasión, la belleza, resolver la perplejidad, obtener datos que se les resisten, la sensación de un trabajo bien hecho y los honores y los ingresos profesionales … La idea misma de la Verdad —con mayúscula, algo que esté más allá de lo meramente persuasivo para todos los interesados— es una quinta rueda. … Si decidimos que la Teoría Cuantitativa del Dinero o la Teoría de la Productividad Marginal de la distribución son persuasivas, interesantes, útiles, razonables, atractivas, agradables, … no necesitamos saber que además son ciertas … [Hay] argumentos concretos, buenos o malos. Después de exponerlos, no hay razón para formular una última pregunta del tipo: “Bien pero ¿Es eso verdad?” Es lo que sea —persuasiva, interesante, útil y asísucesivamente… No hay ninguna razón para buscar una cualidad general denominada Verdad (pág. 46-47).

[La Economía, en particular, y la ciencia, en general, son como las artes;2 la Ley de la Demanda es convincente o persuasiva exactamente de la misma manera que un poema de Keats; 3 y del mismo modo, ya que no existe una fórmula metodológica para el avance de la expresión artística tampoco existe ninguno para el avance de la Economía. La Retórica cree que la ciencia avanza por medio de una saludable conversación, no mediante adhesión a una metodología … La vida no es tan sencilla como para que un economista pueda ser mejor en lo que hace por el mero hecho de haber leído un libro (pág. 174).

  • Ésta es también la tesis del libro de Paul Feyerabend, Wissenschaft als Kunst (Frankfurt/M.:

Suhrkamp, 1984).

  • Véase la entrevista con McCloskey in the Institute for Humane Studies Newsletter Institute Scholar, vol. 6, no. 1 (1986): 7.

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Lo cierto es que después de todo esto uno ha de contener la respiración. ¿Pero acaso no ha sido esta doctrina reiteradamente refutada por el Racionalismo por ser en sí misma contradictoria y, si se toma en serio, por carecer de sentido y ser fatalmente peligrosa? Libros como el de McCloskey pueden en efecto conseguir que la vida no sea ni mejor ni más fácil. Pero esto es así solamente en la medida en que uno siga su consejo; ¿Y no sería la vida, de hecho, peor si uno realmente lo siguiera?

Considérese lo siguiente: después de leer a Rorty y a McCloskey, ¿No sería acaso apropiado preguntar: “¿Qué pasa, entonces, con sus propias conclusiones?” Si no existe una verdad basada en un terreno común y objetivo, entonces, de toda la charla precedente no pueden con seguridad pretender extraer ninguna conclusión verdadera. De hecho, sería auto-destructivo hacer lo que parecen estar haciendo: negar que cualquier premisa pueda ser objetiva, mientras al mismo tiempo afirman lo contrario respecto de sus propios puntos de vista. De hacerlo, uno falsearía el contenido de su propia afirmación. Uno no puede aducir lo que uno niega. 4 Por lo tanto, para entender a Rorty y a McCloskey correctamente, primero hay que darse cuenta de que no pueden realmente estar diciendo lo que parecen estar diciendo. Tampoco puedo yo decir aquí nada que pretenda ser objetivo y cierto. No, su discurso, y el mío, solo pueden ser entendidos como mera aportación a su entretenimiento y al mío.

Pero entonces, ¿Por qué tenemos que escucharles? Después de todo, si la verdad como tal no existe y, en consecuencia, no hay distinción objetiva entre proposiciones que se proclaman verdaderas y cualesquiera otras, entonces, evidentemente, nos encontramos ante una situación en la que la permisividad intelectual lo impregna todo. 5 Si cada afirmación no es más que otra contribución a la conversación de la humanidad, cualquier cosa que se diga es potencialmente tan buena candidata para mi entretenimiento como cualquier otra. Pero ¿Por qué molestarse en escuchar esa charla permisiva en la que todo vale? McCloskey podría responder: “Porque tu conversación o la mía son convincentes“. Pero eso no cambiará mucho, suponiendo que cambie algo. Yaque de acuerdo con su doctrina, las categorías “persuasivo” y “no persuasivo” no son simplemente sinónimos de “verdadero” y “falso”. La cuestión carecería por completo de sentido si lo fueran. No, él nos está diciendo que algo es persuasivo, porque de hecho ha conseguido persuadir, porque ha dado lugar a un acuerdo. Ir más allá de esto y preguntar: “Vale, pero ¿Es correcto aquello de lo que he sido persuadido?” sería una pregunta por completo inadecuada. De

  • Sobre esta “Argumentación Apriorística”, véase a K.O. Apel, “Transformation der Philosophie“, vol. II (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1973).
  • Conectado al movimiento hermenéutico, la expresión permisividad intelectual fue acuñada por Henry Veatch en su ensayo “Deconstruction in Philosophy: Has Rorty Made it the Denouement of Contemporary Analytical Philosophy? Review of Metaphysics, 39, December 1985.
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Racionalismo

hecho, con respecto a cualquiera de estas preguntas, tendría que decir que el problema mismo de determinar si algo, que nos ha convencido, estaba basado o no en un discruso correcto se tendría una vez más que decidir a la luz de lo convincente de esa persuasión; es por ello, que su rechazo de la idea de verdad objetiva es coherente; que la idea de acabar con lo que es mera charla y de asentarla sobre algo que no sea, de nuevo, hablar por hablar es falaz; y que la verdad no es pues otra cosa que la creencia subjetiva de que lo que uno cree es objetivamente cierto. 6 Pero si ésta es su posición, entonces su discurso, por persuasivo o no persuasivo que sea, de hecho, puede efectivamente no ser más que una mera diversión o entretenimiento. Tampoco se puede pretender que esta afirmación, con respecto a lo que significa hablar, sea una verdad objetiva; también la misma puede solamente servir para divertir o entretener.

Por ello parece que la primera pregunta que habría que hacer respecto a libros como el de McCloskey tendría que ser: “¿Nos resulta entretenido?“. Sin lugar a dudas más de un lector responderá que sí y McCloskey podría entonces pensar que efectivamente ha alcanzado lo que se proponía. Sin embargo, ¿Es verdad? ¿O el sentimiento del lector de estar disfrutando de un buen entretenimiento viene sólo motivado por el hecho de que malinterpretó lo que había leído y lo entendió como algo que pretendía ser cierto pero que, en efecto, quien lo escribió no buscaba que lo fuera? Y no tendría el lector, una vez concienciado de ello, que haber cambiado de opinión? En cuyo caso el discurso de McCloskey está claro que no encajaría en ninguna categoría diferente de la de un novelista o un poeta. Sin embargo, en lo concerniente a su prosa, y en competencia directa con cualquier novela o poema escritos para entretenernos, sostengo que el libro de McCloskey es meramente aburrido y que fracasa estrepitosamente en su propósito.

Pero ¿Puede su libro resultar un mal entretenimiento sin dejar de estar indispensablemente comprometido con la noción de un ámbito común que sirva de base a una verdad objetiva? El Racionalismo niega que sea posible. Afirma que el concepto de verdad, de la verdad objetiva, de la verdad basada en una realidad exterior a la del lenguaje mismo, es indispensable para

  • McCloskey pregunta: “¿No nos hace falta nada más, aparte del mero hecho social de que un argumento demuestre ser persuasivo?” No, replica, “el enfrentamiento verbal es una autorefutación. La persona que lo suscita

[es decir, quien plantea la cuestión anterior]

, con el acto mismo de tratar de convencer a alguien de que la mera persuasión no es suficiente, está apelando a un patrón o norma social, no epistemológica” (págs. 38-39). Irónicamente, sin embargo, esteargumento no prueba su tesis. Por el contrario, el argumento puede decirse que es persuasivo sólo porque una posición que se contradice a sí misma se considera como falsa, y no se considera falsa cuando ha dado lugar a un acuerdo. Pero si yo no aceptara el acuerdo, ¿No debería considerarse que el argumento es falso?

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cualquier conversación, que el lenguaje presupone racionalidad, y por lo tanto que es imposible librarse de la noción de verdad objetiva, para que uno pueda participar en cualquier uso del lenguaje. Porque ¿De qué otra forma podríamos averiguar si a alguien de verdad le divirtió algo o si le convenció, si entendió o no lo que fuera que se dijera para divertirle y convencerle? Y lo que es más, ¿Existe algo que tenga algún sentido y que sea por ello comprensible, en vez de ser meras palabras al viento? Está bastante claro que no podemos pretender saber nada de esto a menos que dispongamos de un lenguaje común provisto de conceptos comúnmente entendidos como “convencido” o “divertido” y de cualquier otro término que utilicemos en nuestra conversación. De hecho no podríamos pretender negar todo esto sin tener que presuponer otra serie de conceptos comúnmente entendidos. Y con la misma claridad, este ámbito o espacio común que debe presuponerse si queremos decir cualquier cosa que tenga sentido, no está solamente formado por sonidos que flotan libremente en el aire en armonía unos con otros. Por el contrario, es el denominador común formado por los conceptos que se utilizan y aplican cooperativamente en el transcurso de un asunto práctico, en una interacción. Y de nuevo, al hacer esta reivindicación, uno posiblemente no podría negar que esto sea así sin presuponer que uno podría efectivamente establecer cooperativamente cierta base común con respecto a la aplicación práctica de algunos términos.

El lenguaje, entonces, no es un medio etéreo desconectado de la realidad, sino que es en sí mismo una forma de acción. Brota de la cooperación práctica y así, por medio de la acción, está inseparablemente conectado a un mundo objetivo. Hablar de algo, tanto si es ficticio como real, implica inevitablemente una forma de cooperación y por lo tanto supone un terreno común de términos definidos y aplicados de manera objetiva.7 No en el sentido de que uno siempre tenga que estar de acuerdo con el contenido de lo que se diga o que uno tenga que entender todo lo dicho. Sino más bien, en el sentido de que mientras uno se reivindica para expresar algo que tenga algún sentido, debe suponer la existencia de algunos patrones comunes, aunque sólo sea para poder llegar a un acuerdo sobre sí, o no, y en qué sentido, uno está, en efecto, de acuerdo con los demás, y sí, o no, y en qué medida, uno efectivamente comprende lo que se ha dicho. Y esos patrones comunes tienen que ser asumidos como algo objetivo en cuanto que implican la aplicación de conceptos de la realidad. Decir pues que no existe una base común es contradictorio. El hecho mismo de que esta declaración pueda pretender tener algún sentido implica que existe ese terreno común. Implica que los términos pueden ser aplicados de manera objetiva y asentarse sobre una realidad común de acción como presupuesto práctico del lenguaje.

  • Sobre la inseparable conexión entre el lenguage y la acción, véase esp. Ludwig Wittgenstein, “Philosophische Untersuchungen, in Schriften“, vol. I (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1963).
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Racionalismo

Por lo tanto, si McCloskey tuviera razón y no hubiera en efecto ninguna verdad objetiva, ni siquiera podría pretender que su libro divirtiera o entretuviera a nadie. Sus escritos no tendrían sentido, serían indistinguibles del traqueteo de su máquina de escribir. Sería partidario de una aún mayor permisividad intelectual que la inicialmente prevista. No sólo tendría que abandonar la distinción entre proposiciones que proclaman ser verdaderas y proposiciones que simplemente quieren entretener, sino que su permisividad iría tan lejos como para no admitir ninguna distinción entre un discurso que tiene significado y un conjunto de sonidos ininteligibles. Porque uno ni siquiera puede aspirar a entretener con un discurso que, siendo comprensible, no contenga ninguna certeza, sin saber qué es objetivamente verdad y poder distinguir entre proposiciones que persiguen la verdad y aquellas afirmaciones (por ejemplo en una charla sobre un objeto fingido) que no implican ninguna pretensión en ese sentido.

Y hay más. Porque ¿Cómo pueden McCloskey o Rorty reconciliar su punto de vista sobre la ciencia como mera charla con la defensa que hacen de la ética en el discurso, en el habla? Una ética que McCloskey describe de la siguiente manera:

No mientas [pero ¿Cómo podríamos hacerlo, si no existe algo que sea verdad objetiva? Hans Herman Hoppe]; presta atención; no desprecies; coopera; no grites; deja que otras personas hablen; sé abierto de mente; explícate cuando se te pregunte; no recurras a la violencia y a la conspiración en ayuda de tus ideas, (pág. 24)

¿Por qué debemos seguir su consejo, prestar atención a lo que se dice y no recurrir a la violencia, sobre todo en vista del hecho de que lo que se defiende aquí es una forma de habla en la que vale todo y en la que todo lo que se diga es tan merecedor de atención como cualquier otra cosa? ¡ Desde luego no es evidente que uno deba prestar mucha atención al habla si solo en eso consiste! Por otra parte, sería francamente fatal seguir esa ética. Para que cualquier ética humana sea viable debe permitir que, evidentemente, la gente pueda hacer otras cosas además de hablar, aunque sólo sea para que un único superviviente pueda plantearse alguna cuestión ética; la charla-ética de McCloskey, sin embargo, nos da precisamente un tipo de consejo que es mortal, el de no dejar de hablar o no dejar de escuchar lo que otros digan. Además, el propio McCloskey y sus compañeros hermenéuticos tienen que admitir que de todos modos no pueden tener ninguna razón objetiva para proponer su ética. Porque si no hay patrones objetivos para la verdad, entonces se ha de cumplir también que las propuestas éticas de uno no

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pueden pretender estar objetivamente justificadas tampoco.8 ¿Pero qué hay de malo entonces en que todo esto no nos convenza y en que, en lugar de seguir escuchando a McCloskey y como él mismo prescribe, le propinemos de inmediato un golpe en la cabeza y no esperamos hasta que se muera de tanto hablar? Está claro que si McCloskey tuviera razón, nada podría decirse de ello que fuese objetivamente malo (De hecho, ¿No tendría uno que concluir que McCloskey ni siquiera podría decir que ha sucedido algo objetivo?). Él podría no considerar mi acto de agresión como una aportación al diálogo de la humanidad (aunque llegados a este punto ya sabemos que él ni siquiera podría pretender objetivamente saber … que eso es lo que pasó), pero si el diálogo-ético no pudiera por sí anclarse a algo objetivo ajeno al diálogo mismo, y si, en cambio, a uno entonces le resultase más convincente una ética de la agresión y decidiera terminar el diálogo de una vez por todas mediante un ataque preventivo, McCloskey tampoco podría encontrar nada objetivamente malo en ello.

Por lo tanto, los hermenéuticos y retóricos no solo predican permisividad intelectual sino también una total permisividad práctica —permisividadepistemológica y, como reverso de la misma moneda, relativismo ético— 9. Sin embargo, es imposible aceptar un relativismo como ése, porque es erróneo, en el sentido más objetivo por ser literalmente incompatible con nuestra naturaleza como actores. Del mismo modo que es imposible decir y querer decir que no hay tal cosa como una verdad objetiva sin que ello presuponga aplicar los términos con arreglo a criterios objetivos, también es efectivamente imposible defender el relativismo ético. Como para defender cualquier posición ética uno ha de poder comunicarse, no se le puede cerrar la boca y silenciar coactivamente, y, al contrario de lo que postulan los relativistas, para transmitirnos su posición ética, el mensajero tiene que presuponer que existen unos derechos absolutos objetivamente definidos. Más específicamente, debe presuponer que son válidas aquellas normas de acción

  • Sobre esto, véase también H. Veatch (nota 5), esp. pág. 319 f.
  • No es de ninguna manera un accidente, entonces, que podamos encontrar entre los hermenéuticos a partidarios de toda clase de ideologías políticas imaginables. El credo es compatible con el liberalismo y el anarquismo (McCloskey y Feyerabend), con el socialismo (Ricoeur y Foucault), y con el fascismo (Heidegger), así como con la mayoría de las posiciones intermedias. Gadamer —héroe especial de Don Lavoie y de los hermenéuticos de la George Mason University y uno de los “pensadores” más oscuro de todos, que se las arregla parallenar cientos de páginas sin decir nada y que deambula interminablemente sobre la interpretación sin llegar a interpretar ningún texto de una forma inteligible (prueba de ello, su obra maestra, “Wahrheit und Methode“, Tubinga. Mohr, 1960; traducido al Inglés, 1975)— avanzó con éxito en su carrera bajo el nazismo, el comunismo y la democracia liberal. Sobre su filosofía y su vida como una vívida ilustración del significado de la hermenéutica, véase el brillante ensayo de Jonathan Barnes,”A Kind of IntegrityLondon Review of Books, November 6, 1986; véase también David Gordon, “Hermeneutics vs. Austrian Economics” artículo ocasional (Ludwig von Mises Institute, Washington, D.C., 1986).

10 El Relativismo de la Hermenéutica y la Retórica y las Reivindicaciones delRacionalismo

cuya observancia convierte al habla en una forma especial de cooperación entre interlocutores que están separados físicamente, al tiempo que permiten también que todo el mundo pueda hacer otras cosas, además de participar en una interminable conversación; y su validez se debe entonces considerar como algo objetivo y absoluto en el sentido de que ningún ser humano viviente podría jamás contradecirlas. 10

  1. Sobre los fundamentos absolutos y apriorísticos de la Ética, véase Hans-Hermann Hoppe, “From the Economics of Laissez-Faire to the Ethics of Libertarianism” in Man, Economy and Liberty, Llewellyn H. Rockwell and Walter Block, eds., Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 1988; Hoppe, “Eigentum, Anarchie und Staat“, Opladen: Westdeutscher Verlag, 1986. El absolutismo ético está tan desprestigiado como el absolutismo metodológico. T.W. Hutchison (“The Politics and Philosophy of Economics“, New York: New York Press, 1981, esp. págs. 196-97) llega hasta a despreciar a cualquiera que adopte semejante posición al asimilarlo a un peligroso dictador en potencia —es revelador que nunca se tome la molestia de explicar cuales son los principios éticos o metodológicos cuyo anclaje apriorístico implica supuestamente tal amenaza—. En cambio, el pluralismo —ético y metodológico—es lo que la persona ilustrada puede profesar hoy. Solo ese pluralismo, se dice, permite tolerancia y libertad. (Véase a otro típico pluralista Bruce Caldwell, “Beyond Positivism“, London: Allen & Unwin, 1982, capítulo 13) ¿Hemos de enfatizar que esta doctrina es completamente falaz? Sin un fundamento apriorístico, el propio pluralismo no es más que otra infundada ideología y no hay ninguna razón para adoptarla en lugar de cualquier otra. Sólo si se pueden dar motivos a priori válidos para adoptar el pluralismo podría éste pretender salvaguardar la tolerancia y la libertad. Un pluralismo que fuese simplemente uno de valores plurales, en realidad las destruiría. Véase sobre esto en particular Henry Veatch, “Rational Man: A Modern Interpretation of Aristotelian Ethics“ (Bloomington: Indiana University Press, 1962), págs. 37-46. En contraste con nuestros pluralistas modernos Benito Mussolini comprendió todo esto bastante bien. Veatch lo cita en la pág. 41: “Del hecho de que todas las ideologías tienen el mismo valor … el moderno relativista infiere que todo el mundo tiene el derecho a crear su propia ideología y a intentar imponerla con toda la energía de la que sea capaz“.

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2. La Hermenéutica frente al Empiricismo ―

El Racionalismo frente a ambos (Primera Parte).

La tesis general de McCloskey y de Rorty, la que les dio notoriedad, es totalmente errónea. De hecho, McCloskey y Rorty sólo pueden decir y hacer lo que dicen porque es falso.

Sin duda queda mucho por decir sobre el Racionalismo, el antagonista secular del Relativismo. Sin embargo, las perennes afirmaciones del Racionalismo no se ven amenazadas por este moderno ataque relativista: la afirmación de que existe una base común sobre la que se pueden formular proposiciones objetivamente verdaderas; la afirmación de que existe una ética racional objetivamente fundada en la naturaleza humana por cuanto que los hombres actúan y hablan, son actores y conversadores; y, por último, la afirmación, que se apoya, en parte e indirectamente, en el argumento anterior y que aún no se ha desarrollado, según la cual mediante el conocimiento uno puede saber que ciertas proposiciones son objetivamente ciertas a priori (es decir, independientes de experiencias contingentes) porque se pueden derivar deductivamente de proposiciones básicas, axiomáticas, cuya verdad no puede ser negada de manera objetiva sin caer en una contradicción de orden práctico, es decir, sin que el acto mismo de negación implique admitir lo que supuestamente se niega (por lo que sería literalmente imposible negar la verdad de esas proposiciones) .11

Una vez despejada esta crítica fundamental, y si en aras a continuar con la discusión estamos dispuestos a pasar por alto que en realidad McCloskey no puede pretender hacer afirmación alguna, ¿Qué queda de sus conclusiones? No es del todo sorprendente, como se verá, que el fallo general del libro —su falta de rigor argumentativo— también se ponga de manifiesto aquí.

El punto de partida del argumento de McCloskey viene marcado por una concepción errónea del problema al que se enfrenta. Ya que con el fin de hacer avanzar su tesis de que los economistas deberían concebir su tarea como orientada a mantener viva una conversación entre ellos en la que nunca se diga verdad alguna (es decir, en la que se ha de suponer que nadie puede nunca tener a su disposición un argumento decisivo, capaz de detener la

  1. En defensa de la idea de proposiciones apriorísticas sintéticas, véase A. Pap, “Semantics and Necessary Truth“ (New Haven: Yale University Press, 1958); B. Blanshard, “Reason and Analysis (LaSalle, 111.: Open Court, 1964); P. Lorenzen, “Methodisches Denken“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp 1968); P. Lorenzen, “Normative Logic and Ethics“ (Mannheim: Bibliographisches Institut, 1969); F. Kambartel, “Erfahrung und Struktur“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1968); F. Kambartel and J. Mittelstrass, eds., “Zum normativen Fundamentder Wissenschaft“ (Frankfurt/M.: Athenaeum, 1973); Ludwig von Mises, “Human Action“ (Chicago: Henry Regnery, 1966); Murray N. Rothbard, “Man, Economy, and State“ (Los Angeles: Nash, 1971).

12 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

conversación), McCloskey tendría que dirigir sus críticas a refutar la posición más extrema a la suya de entre todas ellas. Tendría que elegir como blanco las reivindicaciones del Racionalismo con respecto a los fundamentos epistemológicos y metodológicos de la Economía. Y aunque solamente sean una pequeña minoría entre los teóricos actuales de la Economía, no hay duda alguna de que existen esos racionalistas dogmáticos, doctrinarios, extremistas, absolutistas (o cualquier otra etiqueta despectiva que uno pueda elegir).12 Los principales representantes de esta forma de pensar son Ludwig von Mises y Murray N. Rothbard, quienes, dentro del marco general de la epistemología Kantiana, el primero, o Aristotélica, el segundo, conciben a la Economía como parte de una teoría pura de la acción y de la elección (Praxeología).13 Lionel Robbins avanza un punto de vista que es apenas un poco menos inflexible, en particular, en la primera edición de su “Nature and Significance of Economic Science“.14 Y en una posición muy diferente dentro del espectro político-ideológico Martin Hollis y Edward J. Nell, en su “Rational Economic Man“ proponen reivindicaciones archi-racionalistas similares respecto a la Lógica de la Economía.15 McCloskey tendría que atacarlos a todos, pues son los más radicales para detener la charla en seco ya que todos ellos, a pesar de algunas diferencias importantes, son completamente inflexibles al insistir en que la Economía no solamente puede producir y produce proposiciones que son objetivamente ciertas y que se pueden distinguir de las que no lo son, sino que, por otra parte, algunas proposiciones de la Economía se basan en axiomas incontestablemente ciertos o auténticas definiciones (en contraste con lo que son arbitrariedades o estipulaciones) y a las que por lo tanto se les puede dar una explicación apriorística. 16

12  Sobre las deficientes razones para el empleo de semejantes etiquetas, véase la nota 10. Recientemente su uso también se ha hecho cada vez más popular entre austriacos como Mario Rizzo y Don Lavoie para caracterizarse y distanciarse de la Escuela Mises-Rothbard dentro de la tradición austriaca.

  1. Ludwig von Mises, “Epistemological Problems of Economics“ (New York: New York University Press, 1981); Mises, “Human Action“, (Chicago: Henry Regenery, 1966); Mises, “Theory and History“ (Washington, D.C.: Ludwig von Mises Institute, 1985); Mises, “The Ultimate Foundation of Economic Science“ (Kansas City: Sheed Andrews and McMeel, 1978); Murray N. Rothbard, Man, Economy, and State“ (Los Angeles: Nash, 1971); Rothbard, “Individualism and the Philosophy of the Social Sciences“ (San Francisco: Cato Institute, 1979); Rothbard, “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics” en Edwin Dolan, ed., “The Foundations of Modern Austrian Economics“ (Kansas City: Sheed & Ward, 1976).
  1. Londres: Macmillan, 1932.
  1. Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1975.
  1. Lionel Robbins, al igual que anteriormente los austriacos Carl Menger y Eugen von Böhm-Bawerk, ciertamente no utiliza el término a priori, pero queda bastante claro que tanto por sus argumentos como por lo frecuente de sus aprobatorias referencias a Mises en realidad Robbins quiere dar justificación apriorística de las proposiciones y teoremas básicos de la Economía.

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Sin embargo, en ninguna parte de su libro ataca McCloskey a esos varios representantes de una metodología archi-racionalista de la Economía, ni tampoco ataca a cualquier otra persona que caiga en ese bando. En ninguna parte de su libro ataca, y menos aún refuta, la posición que es el polo opuesto de l aparece ea suya. Robbins, Rothbard, Hollis y Nell no se mencionan en el texto de McCloskey, ni aparecen en su bibliografía. Tampoco el nombre de Misesn la bibliografía, pero lo menciona dos veces en el texto en apoyo de algunas de sus propias conclusiones (págs. 15, 65). Sin embargo, no hay ninguna referencia a la posición racionalista extrema de Mises. La metodología austriaca solamente se cita de pasada y se describe de una manera que impactaría a cualquier persona que estuviera ligeramente familiarizada con dicha tradición intelectual ya que la vería solo como una mala e ingenua interpretación: “La metodología austriaca dice: la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las interacciones entre individuos egoístas. Utiliza la estadística con cautela, si es que lo hace en absoluto, porque son solo ficciones pasajeras. Rechaza las críticas que no se ajusten a los preceptos metodológicos austriacos” (pág. 25).17

En lugar de presentar batalla a quien es su lógico adversario directo, McCloskey opta por establecer su propia posición relativista atacando al Empirismo Positivista.

Sin embargo, derribar el Empirismo-positivista no es más que derribar a un hombre de paja, en la medida en que desde su caída, no queda absolutamente nada que sirva de apoyo a sus reivindicaciones. De hecho, todos los archi-racionalistas mencionados anteriormente han formulado

El carácter apriorístico de las proposiciones económicas se subrayó explícitamente también por Frank H. Knight en “What is true in Economy?“, en “History and Method of Economy“ (Chicago: University of Chicago Press, 1956).

Para quienes estén familiarizados con la tradición de la filosofía racionalista, casi no es necesario demostrar que la afirmación de haber producido una proposición a priori verdadera no implica una pretensión de infalibilidad. Nadie lo es y el Racionalismo nunca ha dicho nada en contra de ello. El Racionalismo se limita a aducir que el proceso de validar o falsificar una declaración que dice ser cierta, a priori, es categóricamente diferente de validar o falsificar lo que se conoce comúnmente como una proposición empírica. Sin embargo, como McCloskey parece pensar que el Racionalismo asume la infalibilidad y, por tanto, que el hecho (triunfalmente citado en las págs. 33-34) de que, hasta en una ciencia tan pura como las Matemáticas algunos hipotéticos argumentos impenetrables hayan resultado ser poco concluyentes después de todo, constituye la prueba de un defecto fundamental del Racionalismo, —suponiendo aquí a favor de McCloskey que algo como fallos fundamentales pueda existir en absoluto en ausencia de cualquier patrón realmente objetivo— esta cuestión debe aquí subrayarse. Las revisiones de argumentos matemáticos son en sí mismos a priori. Demuestran solamente que un argumento que anteriormente se consideraba un a priori verdadero, no lo es.

  1. Su descripción de la metodología de la Economía Marxista, en la misma página, no es mucho mejor.

14 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

críticas mucho más duras contra el Empiricismo-Positivista y, al parecer, no piensan que por hacerlo se hayan comprometido con el Relativismo. Por el contrario, son de la opinión de que cualquier crítica del Empirismo Positivista, si ha de tener algún peso intelectual, tendría que reivindicar las mismas conclusiones a las que llega el Racionalismo. Con ello McCloskey, atendidos sus objetivos, simplemente dispara al blanco equivocado y, peor aún, no parece darse cuenta de ello, y éste es el principal fallo de toda su argumentación.

Sin embargo, por mucho que el Empirismo Positivista merezca ser intelectualmente destruido, McCloskey ni siquiera en eso tiene éxito. Comienza haciendo una descripción del Empirismo Positivista o del Modernismo Económico, que es el término que emplea para describir la aplicación de su Filosofía al campo de la Economía, y enumera sus preceptos principales: la predicción es lo que finalmente cuenta en la ciencia; (págs. 7-8); no hay verdad objetiva sin observación; las únicas observaciones cuantificables son las proporcionadas por datos objetivos; la introspección es subjetiva y no tiene valor; la ciencia es positiva y no se ocupa de cuestiones normativas; explicar positivamente algo equivale a someterlo a una ley general; y la validez de una ley general es siempre hipotética y su validez requiere ser permanentemente comprobada con los datos objetivos que se obtienen de la observación.

Hay poco que discutir con respecto a esta caracterización del Modernismo. Muy acertadamente, McCloskey también cita los exponentes más modernos e influyentes de este credo: el Círculo de Viena, la Filosofía Analítica y el Popperianismo en la Filosofía propiamente dicha 18, así como a figuras tan

  1. Karl R. Popper, con el fin de distinguir su falsificacionismo del verificacionismo del primer Círculo de Viena, prefiere etiquetar su filosofía como “Racionalismo Crítico”. Hacerlo así, sin embargo, de no resultar engañoso, induce mucho al error al igual que la práctica, común en Estados Unidos, de llamar “liberales” a los socialistas o socialdemócratas. Pues, de hecho, Popper está totalmente de acuerdo con los supuestos fundamentales del Empirismo (véase la siguiente discusión en el texto) y rechaza explícitamente las reivindicaciones tradicionales del Racionalismo, es decir, la de ser capaz de proporcionarnos a priori un verdadero conocimiento empírico en general y una ética objetivamente fundada, en particular. Véase, por ejemplo, su “Why Are the Calculi of Logic and Arithmetic Applicable to Reality“ (“¿Por qué son los cálculos de la lógica y aritmética aplicable a la realidad?“, en la obra de Karl R. Popper,“Conjectures and Refutations“ (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1969), en la que avanza la tesis empirista tradicional según la cual “solamente hablamos de la realidad cuando estamos dispuestos a aceptar refutaciones“(pág. 212) y “rechaza” la idea de que las reglas de la Lógica yde la Aritmética sean leyes de la realidad, señalando que “si pones 2 + 2 conejos en una cesta, es posible que pronto encuentres 7 u 8 en él” (pág. 211). Para una correcta adscripción de lafilosofía de Popper en el marco general del Empirismo, véase la magistral exposición de un destacado filósofo analítico, W. Stegmueller, “Hauptstroemungen der Gegenwartsphilosophie“, vol. I (Stuttgart: Kroener, 1965), capítulos 9-10. De hecho, es justo decir que fue Popper quien

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representativas dentro de la profesión económica como T.W. Hutchison, Milton Friedman y Mark Blaug.19 Y McCloskey sin duda acierta también al identificar esta visión modernista del mundo con lo que se estima hoy ortodoxo en los libros de texto. No obstante, desde el principio, su comprensión del Empirismo-positivista es insuficiente en la medida en que fracasa al reconstruir los supuestos fundamentales del Modernismo (es decir, aquellos supuestos que subyacen en sus diversos preceptos). Es negligente al omitir asignarles un lugar específico en una estructura conceptual general, lógicamente unificada. No aclara que los diversos y específicos preceptos modernistas derivan fundamentalmente de la aceptación de un supuesto esencial. El supuesto, fundamental para el Empirismo moderno, es que el conocimiento en relación con la realidad, o el conocimiento empírico, debe ser verificable o al menos falsificable por la experiencia; que todo lo que se conoce por la experiencia podría haber sido de otra manera, o, dicho de otro modo, que no hay nada acerca de la realidad que se pueda reconocer como verdad a priori; que todas las verdades apriorísticas son simplemente declaraciones analíticas que carecen de contenido fáctico, pero que son verdaderas por convención, representando meramente información tautológica de las normas que rigen el uso y transformación de los signos; que todas las conclusiones que se alcanzan por el conocimiento, para tener sentido, para ser significativas, deben ser o empíricas o analíticas, pero nunca las dos a la vez; y, por lo tanto, que las declaraciones normativas, como no son ni empíricas ni analíticas, no pueden tener legítimamente ninguna pretensión de verdad, sino que deben considerarse más bien como mera expresión de emociones, que no dicen en realidad mucho más de lo que expresa un “Wow” o un “Grrrr“. 20 Y al no aclararlo, McCloskey se precipita hacia un postrero fracaso puesto que ni siquiera consigue derribar al Empirismo Positivista siendo éste el oponente que ha elegido. Su ataque es simplemente asistemático y por ello, necesariamente, no logra su objetivo.

contribuyó más que nadie a persuadir a la comunidad científica de la cosmovisión modernista, empirista-positivista. En particular, hay que destacar que es Popper es el responsable de que Hayek y Robbins se desviaran cada vez más de su posición metodológica original que era mucho más Misesiana. Véase a este respecto Lionel Robbins, “An Autobiography of an Economist“ (Londres: Macmillan, 1976); Friedrich A. Hayek, “The Theory of Complex Phenomena“, en Hayek, “Studies in Philosophy, Policitcs and Economics“ (Chicago:University of Chicago Press, 1964); Hayek, “The Pretence of Knowledge“, en Hayek, “New Studies in Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas“ (Chicago: University of Chicago Press, 1978), esp. pág. 31f. Véase también en Hayek “Einleitung” a Ludwig von Mises, “Erinnerungen“ (Stuttgart: Fischer, 1978), y su “Prólogo” a Ludwig von Mises, “Socialism“ (Indianapolis: Liberty Fund, 1981).

  1. Terence W. Hutchison, “The Significance and Basic Postulates of Economic Theory“ (London: MacMillan, 1938); Milton Friedman, “The Methodology of Positive Economics” in Friedman, Essays in Positive Economics (Chicago: University of Chicago Press, 1953); Mark Blaug, “The Methodology of Economics“ (Cambridge, England: Cambridge University Press, 1980).

16 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

La primera crítica de McCloskey está bien dirigida. El autor demuestra que, contrariamente a las afirmaciones que hacen en particular Popper y su escuela, si uno sigue el consejo de la Filosofía Empirista-falsificacionista, acaba cayendo, en última instancia, en el escepticismo. Siempre que una hipotética ley se comprueba empíricamente y se descubre que es falsa, con una metodología empírica siempre es posible inmunizar la tesis que uno sostiene negando sin más las observaciones recalcitrantes y declarándolas ilusorias, reconociéndolas, pero atribuyendo sus reparos a errores de medición o alegando que ha intervenido alguna descontrolada variable imprevista que es culpable de la aparente falsificación de las observaciones. McCloskey observa:

La mayor parte de los desacuerdos científicos se producen porque alguien pasa por alto pruebas esenciales. Los economistas y otros científicos se quejarán de sus compañeros diciendo: “Su experimento no fue debidamente controlado“; “No ha resuelto el problema de identificación“; “Usted ha usado un modelo de equilibrio (competitivo, con una única ecuación) cuando un modelo de desequilibrio (monopolístico, de 500 ecuaciones) es relevante“… No hay ninguna “falsificación“. (pág. 14)

Y más adelante señala que desde la “Structure of Scientific Revolution“ (“Estructura de las Revoluciones Científicas“) 21 de Thomas Kuhn hemos descubierto que la verdadera Historia de las Ciencias Naturales no parece acercarse a nada que se asemeje a la ilusión popperiana que concibe a la ciencia como una empresa racional que avanza constantemente por medio de un proceso interminable de falsificación sucesiva. “Poco menos que la falsificación ha sido falsificada“ (pág. 15).

McCloskey también muestra cierta comprensión respecto de la Socio-Psicología de la metodología modernista: una Filosofía como el Empirismo, que comienza suponiendo que no hay nada en la realidad que pueda ser conocido con certeza, y en la que por lo tanto todo es posible, y que no dedica espacio alguno a consideraciones objetivas apriorísticas; una Epistemología que no nos impone ninguna restricción a la hora de elegir las variables que queremos medir y a la hora de determinar las relaciones entre ellas (excepto que la relación elegida se ajuste a los datos) puede ser aceptada por casi todo el mundo y casi todo el mundo con justicia puede sentir que si en eso consiste la ciencia, él puede ser tan buen científico como cualquiera. Cualquiera puede medir todo lo que se le ocurra que merece ser medido para después, con la ayuda de un ordenador, encajar algunas curvas o ecuaciones

20  Véase sobre esto la excelente exposición en Martin Hollis and Edward J. Nell (nota 15), “Introduction“.

21 Chicago: University of Chicago Press, 1970.

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en el material proporcionado por esos datos y finalmente cambiar o no las curvas o ecuaciones dependiendo de nuevo material y/o de nuevas hipótesis por errores de medición o por la influencia de variables descontroladas. El Empirismo es una metodología adecuada para quienes son intelectualmente deficientes, de ahí su popularidad. 22 Dice McCloskey:

Los estudiantes graduados en Ciencias Sociales ven en los cursos de Econometría, Sociometría o Psicometría un medio para llegar a ser economistas, sociólogos o psicólogos aplicados … El engaño es alimentado por la Democracia, lo que en parte explica su especial prevalencia en Estados Unidos. Cualquiera que tenga una inteligencia normal puede, tras asistir a uno de esos cursos, descifrar la producción del Paquete Estadístico para las Ciencias Sociales. Ya no es necesaria contar con una cultura elitista, no más subordinación a Herr Professor Doktor, 23 ya no hace falta estudiar y acumular conocimientos hasta llegar a la mediana edad (pág. 163).

Como es natural, ve en ello una fuerte crítica hacia la Epistemología moderna. Y, de hecho, podría bastar para que uno se persuada de que ha de dejar de creer en el Modernismo, lo que sin duda sería un cambio a mejor. Pero aunque fuese cierto ¿Constituye una prueba del fallo sistemático de la Filosofía Empirista-Positivista? ¿Y constituye ello una prueba en manos de un hermeneuta ?

En cuanto a esta última cuestión, hay que señalar que entender las afirmaciones que hace McCloskey sobre el Modernismo como una crítica de esta Filosofía tiene que impactarnos pues es algo que sencillamente es muy raro. Porque en su tratamiento del Empirismo Positivista, culpa claramente a esta Filosofía por consentir en los científicos una excesiva y omnipresente permisividad intelectual; por producir una ciencia que no va a ninguna parte sino que es un simple itinerar aleatorio de ideas a través del tiempo que solo pueden comprenderse a posteriori mediante la explicación histórica o sociológica; y por consiguiente por abrir las compuertas del mundo académico a la invasión protagonizada por unos bárbaros intelectuales. Sin embargo, McCloskey quiere reemplazar esa permisividad con otra que es todavía mayor. Quiere que participemos en una conversación interminable y sin las restricciones que impone cualquier disciplina intelectual. Por lo tanto, en vez de criticar al Empirismo Positivista ¿Por qué no lo abraza con entusiasmo al estar de hecho tan próximo a sus propios ideales relativistas? Si el Empirismo le parece ridículo a McCloskey, su razón para ello sólo puede ser que no es lo

  • Véase sobre esto las agudas observaciones de Mises, “Human Action“, pág. 872f., “Economics and the Universities“.
  • La nomenclatura correcta es “Herr Professor Doktor“.

18 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

bastante ridículo, que el Empirismo es ridículo porque la Hermenéutica lo es aún más, y que el puro disparate sin sentido debe prevalecer sobre aquello que solo en parte carece de sentido.

Sin embargo, aparte de la propia posición de McCloskey, sus argumentos contra el Modernismo no tienen ningún valor. El empirista podría responder: “Bueno ¿Y qué?“. McCloskey ha demostrado que seguir los preceptos modernistas conduce a una peculiar forma de Relativismo. Es cierto que algunos empiristas, más notablemente Popper y su escuela, aún no lo reconocen.24 McCloskey de nuevo tiene razón al señalarlo. Pero entonces ha de admitir que eso mismo es lo que también han hecho los empiristas sin que les haya causado intelectualmente mucho pesar. ¿No fue Feyerabend quien primero y con más fuerza llevó el mensaje relativista al hogar del Popperianismo? 25 ¿Y no fue él mismo uno de los líderes de una escuela que no hizo más que llegar a las últimas y lógicas conclusiones del Popperianismo? 26 El Empirismo no puede explicar el proceso de desarrollo científico como una empresa racional. Es verdad. Pero no puede hacerlo porque el proceso no es racional. ¿Y qué hay de malo en eso? ¿Qué tiene de malo el Empirismo, una vez admitido su propio Relativismo?

McCloskey no da respuesta a estas preguntas. No avanza ningún argumento de principio capaz de probar que el Empirismo lleve en sí mismo la semilla de su auto-destrucción. Tampoco desafía al Empirismo en un frente mucho más evidente, el empírico. Parece obvio que la afirmación que hace el Empirismo de que por lo menos proporciona una Epistemología correcta de las Ciencias

  • Véase Imre Lakatos y Alan Musgrave, eds, “Criticism and the Growth of Knowledge“ (Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 1970). Los empíricos tales como Blaug (nota 19), pág. 17 ss., Argumentan que Popper en realidad se dio cuenta de la posibilidad de “estratagemas inmunizantes” que dejaban “resuelto” el problema con lo que se escapaba del relativismo y el escepticismo. Nada mas lejos de la verdad. Es cierto que Popper siempre ha sido consciente de la posibilidad de inmunizar las hipótesis de uno frente a la falsificación. (Véase su “ Logik der Forschung“, Tübingen:. Mohr, 1969, capítulo 4, secciones 19,20). Sin embargo, su respuesta ante una amenaza tan grave como ésa para su falsificacionismo difícilmente puede ser aceptada como solución. Como en realidad admite que no puede demostrar que ese “convencionalismo” esté equivocado. Para superarlo simplemente propone adoptar la convención metodológica de no comportarse como lo hacen los convencionalistas. Sin embargo, ¿Cómo puede ese convencionalismo metodológico (es decir, una metodología sin fundamento epistemológico) tener la pretensión de establecer la ciencia como una empresa racional y estimular el progreso científico? Para una evaluación del Popperianismo como ésa, véase A. Wellmer “Methodologie als Erkenntnistheorie“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1967). De ahí la anterior clasificación del Popperianism como integrado en el relativismo y el escepticismo.
  • Véase Paul Feyerabend, “Against Method“ (London: New Left Books, 1975); Feyerabend, “Science in a Free Society“ (London: NLB, 1978).
  • Sobre la compleja relación entre Feyerabend y Popper, véase H.P. Duerr, ed., “Versuchungen. Aufsaetze zur Philosophie Feyerabends“, 2 vols. (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1980).

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Naturales debe ser considerada, en vista de los hechos, como incorrecta. Cualquiera que pueda ser el verdadero estado de cosas con respecto a la Economía y a las Ciencias Sociales, en cuanto a las Ciencias Naturales parece difícil negar que su desarrollo fue mano a mano con un proceso sostenido y universalmente reconocido de avance y mejora tecnológica y que este hecho, el progreso tecnológico, difícilmente puede presentarse como acorde con el punto de vista empirista de la ciencia como una empresa relativista, no acumulativa. Parece entonces que el Empirismo ha sido empíricamente refutado como metodología adecuada para las Ciencias Naturales. 27

Sin embargo, semejante refutación, de ninguna manera apoya la posición del propio McCloskey. Porque la existencia de progreso tecnológico es un obstáculo tanto para el Empirismo como para el Relativismo de la hermenéutica.28 Sólo una metodología racionalista de las Ciencias Naturales podría ser responsable de tales avances. Sólo una metodología, que comienza reconociendo el hecho, inherente a nuestra naturaleza humana como actores y conversadores, de que el lenguaje en general y las teorías científicas, en particular, en última instancia se basan en una realidad común y objetiva de acción y cooperación, puede explicar por qué tal progreso es posible sin tener por ello que negar ciertas correcciones parciales de las representaciones relativistas de la Historia de las Ciencias Naturales que hacen Kuhn y Feyerabend.

La impresión relativista se debe al hecho de que Kuhn y Feyerabend, como es típico de los empíricos desde Locke y Hume, en última instancia entienden mal las teorías científicas a las que ven como meros sistemas de proposiciones verbales e ignoran sistemáticamente las bases de esas proposiciones, o de cualesquiera otras en una realidad de acción e interacción.

27  En sentido estricto, una refutación empírica como ésa no sería del todo decisiva y se requerirían otras razones a priori para echar abajo el Empirismo (sobre dichas razones, véase la exposición del texto siguiente). Al igual que los empiristas a su vez podrían cuestionar la validez de la descripción que uno hiciera de los hechos y en la que los presentara efectivamente como los propios del progreso tecnológico. Podrían, dada su propia estructura mental, negar que uno pueda conocer los hechos más simples, mucho menos los fenómenos complejos como el progreso tecnológico, que sean esto o lo otro, porque hasta la descripción de algo como un hecho, en última instancia, sería una hipótesis y, por tanto, la supuesta refutación empírica que uno hiciese no podría considerarse decisiva en ningún estricto sentido. Véase sobre el carácter hipotético de las proposiciones básicas de Karl Popper, “Logik der Forschung“ (Tübingen: Mohr, 1969), capítulo V y el apéndice X. Irónicamente, el carácter hipotético de las proposiciones básicas invalida la afirmación de Popper, que se halla en el centro de toda su filosofía falsificacionista, según la cual existe una relación asimétrica entre la verificación y la falsificación (es decir, que uno nunca puede verificar una hipótesis, pero puede falsificarla). Véase sobre el particular A. Papanicolau, “Analytische Erkenntnistherie“ (Viena, 1955).

  • Véase también Juergen Habermas, “Der Universalitaetsanspruch der Hermeneutik” in K.O. Apel et al., “Hermeneutik und Ideologierkritik“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1976), esp. págs. 129-31.

20 La Hermenéutica frente al Empiricismo ― El Racionalismo frente a ambos(Primera Parte).

29 Solamente si uno concibe a las observaciones y teorías como algo completamente separado de la acción y la cooperación, no solo cualquier teoría se convierte en inmunizable, sino que cualesquiera dos teorías rivales cuyos términos respectivos no puedan reducirse a y definirse en términos de la otra deben entonces aparecer como completamente inconmensurables y sin que quepa elección racional posible. Si las afirmaciones son mera y exclusivamente expresiones verbales que vagan por el éter ¿Qué razón puede haber para que una afirmación cualquiera pueda jamás dar paso a otra? Cualquier afirmación puede perfectamente coexistir con cualquier otra sin verse jamás contradicha —a menos que simplemente decidamos lo contrario por cualquier razón arbitraria—. Esto es lo que Kuhn y Feyerabend demuestran. Pero ello no afecta a la refutabilidad de ninguna teoría y a la inconmensurabilidad de teorías rivales en el plano, que es por completo distinto, de la aplicación de esas teorías a la realidad de la acción, a la hora de utilizarlas como instrumentos de acción. En el plano de las meras palabras, las teorías pueden ser irrefutables e inconmensurables, pero en la práctica no pueden serlo nunca. De hecho, uno ni siquiera podría afirmar que cualquier teoría es irrefutable o que cualesquiera dos teorías son inconmensurables, y en qué sentido lo son, sin presuponer un marco categórico común que pueda servir de base para una evaluación o comparación. Y es esta refutabilidad práctica y conmensurabilidad de las teorías de las Ciencias Naturales lo que explica la posibilidad del progreso tecnológico —aunque considere el progreso tecnológico de forma muy diferente al intento fallido de Popper—.30

Popper quiere que desechemos cualquier teoría que los hechos contradigan, lo que, si fuera posible, nos dejaría prácticamente con las manos vacías y no nos llevaría a ninguna parte. Al reconocer la conexión indisoluble entre el conocimiento teórico (lenguaje) y las acciones, el Racionalismo consideraría a semejante falsificacionismo como completamente irracional, aunque fuera posible. No hay ninguna situación concebible en la que sería razonable desechar cualquier teoría —concebida como instrumento cognitivo de la acción— que se hubiese aplicado con éxito en una situación pasada pero no tuviera éxito en una nueva aplicación —a menos que uno ya cuente con una teoría más exitosa—. Y así pues, si inmunizar a una teoría de la experiencia es algo perfectamente racional desde el punto de vista de un actor. Es igual de racional que, en el campo de aplicación en el que dos teorías rivales se superponen, un actor considere inconmensurable a una cualquiera de esas dos teorías rivales t1 y t2 mientras exista una única aplicación en la que t1 tenga más éxito que t2 o viceversa. Solo cuando t1 puede aplicarse con tanto

  • Véase Hans-Hermann Hoppe, “Handeln und Erkennen“ (Bern: Lang, 1976).
  • Véase sobre esto W. Stegmueller, “Hauptstroemungen der Gegenwartsphilosophie“, vol. II (Stuttgart: Kroener, 1975), capítulo 5, esp. pág. 523ff.

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éxito como t2 a cada instancia a la que es aplicable t2 y aún presente otras aplicaciones adicionales a las de esta última teoría, puede ser racional desechar t2. Descartarla antes, a causa de infructuosas aplicaciones o porque t1 se pueda aplicar con más éxito a alguna o incluso a la mayoría de situaciones, desde la perspectiva del conocimiento de un actor no es progreso sino retroceso. E incluso si t2 se desecha racionalmente, el progreso no se logra falsificándola, puesto que t2 en realidad habría tenido algunas aplicaciones exitosas que es posible que nunca puedan ser anuladas (en el futuro). En vez de eso t1 expulsaría a t2 de forma tal que cualquier posterior adhesión a t2, aunque fuera por supuesto posible, lo sería solamente a costa de no ser capaz de hacer con éxito todo lo que un adherente de t1 podría hacer, quien podría hacer con éxito tanto y más que cualquier proponente de t2.

Por trivial que pueda parecer semejante explicación de la posibilidad de progreso (y de retroceso) en las Ciencias Naturales, es incompatible con el Empirismo. Al ignorar sistemáticamente el hecho de que las observaciones y teorías son las de un actor, hechas y construidas con el fin de tener éxito en sus acciones, el Empirismo se ha privado naturalmente del criterio mismo que sirve para probar y evaluar continuamente el conocimiento: el criterio de si, en un determinada situación dada, se tiene o no se tiene éxito a la hora de alcanzar un objetivo previamente fijado aplicando el conocimiento.31 Sin reconocer explícitamente que el criterio del éxito instrumental funciona universalmente, el Relativismo era inevitable. Sin embargo, tal relativismo sería una vez más literalmente imposible de adoptar, porque es incompatible con nuestra naturaleza de seres que dialogan, actúan y aprenden o conocen. El Relativismo ni siquiera podía pretender que tuviera sentido negar la operatividad de ese criterio, puesto que esa misma negación debería ser en sí misma una acción que presupusiera algún patrón objetivo de éxito. Por el contrario, en cada una de nuestras acciones, confirmamos la afirmación que hace el Racionalismo (en lo que respecta a las Ciencias Naturales) según la cual uno puede identificar objetivamente un rango de aplicaciones para determinado conocimiento y después realizar unas pruebas para ver si tiene éxito en ese rango y así comprobar si las teorías en competencia tienen que considerarse conmensurables en lo que respecta a ese rango de aplicaciones y éxito.

31  Véase también al respecto a Juergen Habermas, “Erkenntnis und Interesse“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1968), esp. el capítulo II, secciones 5-6; y K.O. Apel, “Die Erkaeren: Verstehen Kontroverse in Transzendental-pragmatischer Sicht“ (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1979), esp. pág. 284.

22 La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos(Segunda Parte)

3. La Hermenéutica frente al Empirismo ―

El Racionalismo frente a ambos (Segunda Parte)

La primera crítica de McCloskey al Empirismo constituye pues un completo fracaso. Tampoco su segunda ronda de críticas tiene más éxito. En la primera, McCloskey está en desacuerdo con el énfasis que los modernistas ponen en la predicción como piedra angular de la Ciencia. A pesar de que no niega la posibilidad de predicción en las Ciencias Naturales, pone en duda que esa importancia sea abrumadora. Sin embargo, según McCloskey, la predicción en Economía es imposible.“Como dijo Ludwig von Mises: predecir el futuro económico ‘está más allá del poder de cualquier hombre mortal’ “ (Pág. 15).

Para defender esta tesis, supondríamos que lo que debería hacer es establecer dos premisas diferenciadas pero relacionadas. En primer lugar estaría la premisa de que el programa del monismo metodológico —el programa de un Einheitswissenschaft— es defectuoso por lo que tendría que adoptar el dualismo metodológico. De lo contrario no tiene sentido decir que las predicciones son posibles en un campo de investigación, pero imposibles en otro. La segunda premisa sería que, sobre la base de dicha posición dualista, se puede demostrar por qué las predicciones son posibles en un campo pero no en otro. Pero McCloskey no hace nada de esto. Se le escapa por completo que su posición respecto del Modernismo le obliga a atacar al Empirismo por su monismo; su postura monista hace realmente imposible al Empirismo explicar cómo se pueden concebir como posibles las predicciones —cuando supuestamente constituyen el corazón mismo del programa empirista—. Y las predicciones serían imposibles de explicar precisamente por la misma razón que el Empirismo no podía admitir la posibilidad del progreso en el campo de las Ciencias Naturales; mientras que una posición dualista (que McCloskey estaría obligado a aceptar en caso de que quisiera contradecir sistemáticamente al Modernismo) sería incompatible con la Hermenéutica — que es en sí misma una posición monista, aunque de una especie diferente a la del Empirismo— y, de nuevo, solamente se puede conciliar con una metodología racionalista, que es la única que puede explicar lo que constituye el sueño empirista: que se pueda hacer predicciones.

El Empirismo es monismo de observación, lo que significa que todo nuestro conocimiento empírico deriva de observaciones y consiste en interrelacionar estas observaciones; y, además, que las observaciones, así como las relaciones entre ellas, tienen la condición permanente de ser tan solo hipotéticamente verdaderas. Este es el caso en Economía como en cualquier otro campo que esté interesado en el conocimiento empírico, por lo que el problema de la

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predicción debe ser el mismo en todas los ámbitos. McCloskey no responde a este reto sistemático. No presenta una concluyente refutación de ese monismo señalando que cuando uno sostiene lo que el Empirismo defiende, está, de hecho, falsificando el contenido de lo que afirma. Para decir lo que dice, el Empirismo debe efectivamente presuponer que, aparte de las observaciones, existen objetos que tienen significados —palabras vinculadas a la realidad por medio de la cooperación— que, junto con las relaciones que guardan entre ellos, se tienen que comprender más que observar. De ahí la necesidad del dualismo metodológico. 32

Tampoco McCloskey se da cuenta de la incompatibilidad del monismo de observación con la noción de predicción. La idea de predicción y causalidad (es decir, que existen causas que son constantes, que operan de forma invariable en el tiempo y que le permiten a uno proyectar en el futuro las observaciones anteriores sobre la relación entre las variables) es algo que (al igual que el Empirismo, de lo que ya Hume se dio cuenta) no tiene base observacional y por lo tanto no se puede decir que esté justificado (en el contexto empirista). Uno no puede observar cual es el nexo de unión entre las observaciones, excepto que de alguna manera están relacionadas de manera contingente en el tiempo. E incluso si uno lo pudiera observar, esa observación tampoco demostraría que la conexión observada fuera invariante en el tiempo. En sentido estricto, en el marco del monismo observacional, ni siquiera tiene sentido situar las observaciones en un tiempo objetivo. 33 Por el contrario, las relaciones observadas son las que existen entre los datos en el orden temporal en el que un observador las esté observando (claramente algo muy diferente de nuestro concepto de ser capaz de distinguir entre un verdadero orden y secuencia de observaciones causalmente eficaces y el mero orden temporal en el que las observaciones se hacen). Por lo tanto, en sentido estricto, de acuerdo con el Empirismo, las predicciones son epistemológicamente imposibles. Es irracional querer predecir, debido a que la posibilidad misma de predicción no se puede establecer de manera racional. Y esa es entonces también la razón última del escepticismo del Empirismo respecto a la posibilidad del progreso científico. Porque si uno no puede defender racionalmente la idea misma de la causalidad, ¿Cómo se puede esperar nada de la ciencia, sino un conjunto de enunciados observacionales inconmensurables? El progreso, tal como se entiende comúnmente, es el avance del conocimiento predictivo. Pero sin duda algo así

  • Véase al respecto también a K.O. Apel, Die Entfaltung der Sprachanalytischen Philosophic und das Problem der Geisteswissenschaften, en Apel, “Transformation der Philosophie“, vol. II(Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1973); Apel (note 31).
  • Véase al respecto también a Hans-Hermann Hoppe (nota 29), capítulo 3 y esp. págs. 62-65; también Immanuel Kant, Kritik der reinen Vernunft, en Kant, “Werke“, vol. II, W. Weischedel, ed., (Wiesbaden: Insel, 1956), esp. pág. 226ff.

24 La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos(Segunda Parte)

no puede ser posible si la propia predicción no se puede establecer como posible. 34

McCloskey tampoco afronta el reto de explicar cómo da cuenta la Hermenéutica del dualismo y de la posibilidad misma de predicción (aunque sólo sea en las Ciencias Naturales). Tampoco lo podría haber conseguido aunque se lo hubiera propuesto. Porque un argumento como el dualismo establecería que ciertas proposiciones se puede decir que son objetivamente ciertas, de hecho lo serían a priori —y esto entraría en contradicción con el mensaje relativista de la hermenéutica—. Sin embargo, por su posición monista, la Hermenéutica, al igual que el Empirismo, tampoco puede admitir la causalidad. Como monismo observacional que es, al Empirismo le gustaría reducir todo nuestro conocimiento empírico a observaciones y a observaciones de relaciones contingentes entre las observaciones, y, en cambio, en última instancia se ve obligado a abandonar la idea de causas operativas invariables en el tiempo. A la Hermenéutica le gustaría que todo quedara reducido a una charla-monista; a un hablar desconectado de cuanto pueda ser real y extraño a la conversación en sí misma considerada; a

34  Vale la pena subrayar aquí que estas observaciones sobre las conclusiones escépticas, relativistas del Empirismo en cuanto a la posibilidad de predicción también se aplican plenamente al Popperianism. Popper, con gran seguridad en sí mismo, afirma haber resuelto —a través de la adopción de su metodología falsificacionista— el problema de Hume de la inducción y por lo tanto haber restablecido la ciencia como una empresa racional (véase en particular Karl R. Popper, “Objective Knowledge“, Oxford, Inglaterra: Oxford University Press, 1972, pág 85ff). Por desgracia, esto no es más que una ilusión. Porque ¿Cómo puede ser posible relacionar dos o más experiencias de observación, incluso si se refieren a relaciones entre las cosas que se perciben como iguales o parecidas, como que una falsifica (o confirma) a la otra, en lugar de simplemente registrarlas como una experiencia aquí y una experiencia allá, ya sea la una repetición o no de la otra, y dejarlo así (es decir, considerándolas como lógicamente inconmensurables) a menos que uno presuponga la existencia de causas que operan de forma invariante en el tiempo? Sólo asumiendo que existen causas que operan de forma invariante en el tiempo podría suponerse que hay alguna razón lógica que obliga a considerarlas como conmensurables y se podría aceptar que la una falsifica o confirma a la otra. Sin embargo, Popper, al igual que todos los empiristas, niega que se pueda hacer una defensa a priori de ninguno de esos presupuestos (no hay según él cosas tales como proposiciones acerca de la realidad que sean a priori verdaderas, como el principio de causalidad que para él es una mera hipótesis). Sin embargo, claramente, si la posibilidad de causas que operan constantemente como tales es sólo una hipótesis, entonces difícilmente se puede sostener, como hace Popper, que cualquier hipótesis de predicción en particular pueda nunca ser falsificada o confirmada. Para entonces la falsificación (o confirmación) tendría que ser considerada como hipotética: cualquier hipótesis predictiva sólo se sometería a pruebas cuya condición como prueba fuera ella misma hipotética. Y por lo tanto uno se encontraría de nuevo en medio de un fangoso escepticismo. Solamente se podría verificar cualquier hipótesis causal particular si el principio de causalidad, como tal, se pudiera establecer incondicionalmente como verdadero, y solo así podría el resultado de una prueba proporcionar una base racional para decidir si se debe o no mantener una hipótesis dada.

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secuencias de la conversación colgadas en el aire sin ningún marco objetivo que las restringa en absoluto. Por esta razón, la hermenéutica no puede dar cuenta de la causalidad. En ausencia de cualquier patrón común y objetivo, toda conversación es simplemente inconmensurable y no puede existir ninguna conexión objetiva en cualquier diálogo, aparte del mero orden temporal de la charla.

Tanto el dualismo como la causalidad sólo pueden explicarse por el Racionalismo. El Racionalismo empieza por comprender que el Empirismo se refuta a sí mismo, ya que en realidad no puede afirmar su propia posición sin admitir implícitamente que, además de las observaciones y las relaciones contingentes de observaciones, deben también existir otras cosas y relaciones significativas (es decir, palabras sostenidas mediante la acción y que adquieren significado en el transcurso de dicha acción). Del mismo modo, el Racionalismo rechaza a la Hermenéutica porque se refuta a sí misma, porque una charla-monista tampoco se puede mantener sin admitir implícitamente su falsedad ya que tendría que presuponer la existencia misma de acciones guiadas por observaciones, aunque sólo fuera con el fin de mantener la charla —falsificando con ello la pretensión de que la charla nunca pueda estar restringida por nada objetivo—. Y el racionalismo concluye entonces que la clave del problema de la causalidad debe estar en el reconocimiento del hecho (ignorado tanto por el Empirismo como por la Hermenéutica) de que las observaciones, al igual que las palabras, se ven limitadas por la acción, y que esto no se puede establecer ni por la observación ni por la vana conversación, sino que debe entenderse gracias a nuestro conocimiento de la acción como presupuesto práctico de cualquier observación o charla, como un hecho a priori cierto de la naturaleza humana.

Es a partir de un conocimiento a priori de la acción que puede derivarse la idea de la causalidad. 35 La causalidad no es una categoría de observación. Es una categoría de acción cuyo conocimiento como una característica a priori de la realidad tiene sus raíces en nuestra propia comprensión de nuestra naturaleza como actores. Sólo porque somos actores y nuestras experiencias son las de individuos que actúan, pueden concebirse las observaciones como algo que ocurre de forma objetiva antes o después y como algo relacionado por causas que operan invariablemente en el tiempo.36 Nadie que no supiese lo que significa actuar podría jamás experimentar eventos que ocurren en tiempo real y con arreglo a una secuencia causal invariante. Y nunca se podría decir que el conocimiento que uno tiene del sentido de la acción y de la

  • Véase sobre esto la idea (Kantiana) de F. Kambartel en “Erfahrung und Struktur“ (note 11), capítulo 3, especialmente págs. 122f, 127,144; Hans-Hermann Hoppe (nota 29), capítulo 4, especialmente pág. 98.
  • Véase sobre esto Ludwig von Mises, “Human Action“ (nota 13), capítulo 1.5; Carl Menger, “Grundsaetze der Volkswirtschaftslehre“ (Viena: Braumueller, 1871), págs. 3, 7ff.

26 La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos(Segunda Parte)

causalidad derivan de pruebas de observación contingente, ya que el mismo hecho de experimentar presupone ya la acción y observaciones causalmente interpretadas. Cada acción es y debe ser entendida como una interferencia con el mundo observacional, realizada con la intención de desviar el curso “natural” de los eventos con el fin de producir (es decir, causar o llegar a ser) un estado de cosas diferente, preferido —de hacer que sucedan cosas que de lo contrario no ocurrirían— y por lo tanto presupone los conceptos de eventos situados en el tiempo objetivo y de causas que operan invariantes en el tiempo. Un actor puede equivocarse con respecto a sus particulares asunciones sobre qué previas interferencias produjeron qué resultados después, por lo que su no interferencia en realidad podría no llegar a tener éxito. Pero tenga o no éxito, cualquier acción, haya o no cambiado en vista de su éxito o fracaso, presupone la existencia de acontecimientos en el tiempo que están constantemente conectados, incluso cuando no hay ningún motivo especial para que un evento en particular pueda nunca preverse de antemano por cualquier actor en un momento cualquiera. De hecho, el intento de refutar que los eventos de observación se rigen por causas que funcionan de forma invariante en el tiempo requeriría que uno demostrase que un acontecimiento determinado no se puede observar o producir sobre la base de alguna interferencia anterior. Sin embargo, tratar de refutar esto de nuevo presupondría necesariamente que la ocurrencia o no ocurrencia del fenómeno bajo escrutinio, de hecho, se podría realizar adoptando las medidas apropiadas y que el fenómeno debería por lo tanto estar presumiblemente integrado en una red de causas que operasen constantemente. Por lo tanto, el Racionalismo llega a la conclusión de que la validez del principio de causalidad no puede ser falsificada porque se tome cualquier acción, ya que cualquier acción tendría que presuponerla. 37

  • Aunque con bastante frecuencia se menciona como un contra-ejemplo empírico, hay que señalar que la física cuántica, o más precisamente, la indeterminación de Heisenberg o principio de la física cuántica, correctamente interpretado, está de acuerdo con esto. Lo que se ha dicho anteriormente no excluye —y ésta es precisamente la situación en la física cuántica— que para producir experimentalmente un resultado, dos o más actos de medición deben llevarse a cabo y como dos acciones separadas sólo pueden llevarse a cabo secuencialmente, el resultado del último acto de medición podría cambiar los resultados del anterior, de modo que si se demostrase que esto es inevitable, los resultados en cuestión sólo podrían predecirse estadísticamente y una explicación determinista resultaría imposible. Pero incluso en este caso, cada acto separado de medición presupone la validez del principio de constancia —de lo contrario, ninguno de los dos se habría realizado—; y también la secuencia de hechos presupone que causas que operen constantemente, ya que de lo contrario sería simplemente imposible repetir dos experimentos en el campo de la física cuántica y mantener al mismo tiempo que ése sea el caso. Por otra parte, la experiencia de la física cuántica está por completo en línea con la conclusión anterior con respecto a la caracterización de la causalidad como un fenómeno producido por una acción y como una característica necesaria (que sabemos que es válida a priori) de la realidad. Si las causas sólo

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McCloskey no se percata de nada de esto. Y así no es de extrañar que los argumentos en apoyo de su afirmación en cuanto a la imposibilidad de predicción en Economía estén también fuera de lugar. Aunque en sí mismos los argumentos sean correctos, simplemente no constituyen el teorema de la imposibilidad que se necesita.

Lo que McCloskey ofrece como prueba, que por cierto dice ser “más precisa” que otras ideas anteriores relacionadas con los Austriacos (pág. 90) , es la siguiente reflexión: “Si los economistas pudiesen [predecir] mejor que los hombres de negocios, los economistas serían ricos. No lo son” (pág. 93). Por lotanto, no hay que confiar en las personas que dicen tener información sobre eventos económicos futuros. Porque si realmente tuvieran ese conocimiento, ¿Por qué ellos no se hacen ricos, en vez de decirnos cómo (pág. 16)? Si somos realistas, debemos considerar que los analistas económicos suministran información que, en general, no tiene valor económico en la medida que no nos dice nada más acerca de futuros acontecimientos económicos que lo quela gente interesada, en promedio, cree y espera que, de todos modos, suceda y ya lo han descontado en sus acciones presentes ( pág. 93 f.).

Bien, de acuerdo. Sin embargo, una presentación mucho más sucinta que ésta ya se puede encontrar en Mises.

No hay reglas gracias a las que se pueda ser calcular la duración del siguiente auge o depresión. E incluso si esas normas estuvieran disponibles no serían de ninguna utilidad para los empresarios. Lo que el hombre de negocios individualmente necesita con el fin de evitar pérdidas es conocer cuando o en qué fecha o momento se producirá el punto de inflexión, en un momento en el que otros empresarios todavía crean que el crash está más lejos lo lo que es realmente el caso … El juicio empresarial no se puede comprar en el mercado. La idea empresarial que funciona y da beneficios es precisamente la idea que no se le ocurrió a la mayoría. No es la previsión correcta, como tal, lo que rinde beneficios, sino la previsión que es mejor que la de los demás. 38

pueden de hecho medirse e identificarse de forma secuencial, a través de acciones que tienen repercusiones la una sobre la otra, entonces solo pueden, en principio, ser causas cuya constante aplicación es de un tipo probabilístico —y esto, sin duda, puede de nuevo saberse que es a priori verdad—. Luego la física cuántica sólo revela que casos como éste no son meramente concebibles, sino que de hecho existen. Véase sobre esto a F. Kambartel, “Erfahrung und Struktur“ (nota 11), pág. 138ff.; También P. Mittelstaedt, “Philosophische Probleme der odernen Physik“ (Mannheim: Instituto Bibliográfico, 1968).

38 “Human Action“ (note 13), págs. 870-71.

28 La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos(Segunda Parte)

Sin embargo, esto, como sabe Mises pero no McCloskey, no prueba la imposibilidad de hacer predicciones causales en Economía. 39 Todo lo que demuestra es que los beneficios diferenciales sólo pueden surgir de diferencias de conocimiento. La cuestión es, sin embargo, si ese conocimiento—independientemente de si se distribuye de manera desigual, y por lo tanto permite la posibilidad de ganancias y pérdidas diferenciadas o igualmente distribuidas, en cuyo caso tiende a representar tan solo una tasa uniforme de rentabilidad para los pronosticadores— es tal que podría expresarse en una fórmula de predicción que pudiera legítimamente hacer uso de la hipótesis de las causas invariantes en el tiempo y que por lo tanto pudiera concebirse como una fórmula sistemática comprobable y mejorable.

Seguramente McCloskey no quiere negar la posibilidad de predicción en Economía. Hacemos constantemente esas predicciones. Por otra parte, mientras que los analistas económicos no pueden por lo general hacerse ricos y, evidentemente, no pueden saber más que el resto de nosotros, algunos de ellos lo son, y sin duda hay algunos empresarios que son ricos. Evidentemente, las personas no sólo pueden pronosticar, sino que pueden pronosticar correctamente y con éxito. El teorema de la imposibilidad no se puede entender en el sentido de demostrar que no se puedan hacer en absoluto predicciones (con éxito) en el campo de la Economía, sino solamente que en él hay cierto tipo de predicciones que son imposibles y que sí que son en cambio posibles en otros ámbitos. Sin embargo, el argumento no prueba esto. Ya que no tenemos dificultades para aplicar la idea del conocimiento predictivo diferencial y de los rendimientos diferenciados al campo de las Ciencias Naturales y seguir viéndolas como un área que está paulatinamente progresando y que está produciendo fórmulas de predicción que son cada vez mejores. Un pronosticador en el ámbito de las Ciencias Naturales puede saber más que otro, e incluso mantenerse por delante de la competencia de forma permanente, pero esto no implica que su ventaja comparativa no sea tal que no pueda expresarse, en todo momento, en términos de una fórmula que utilice constantes predictivas y sea susceptible de mejora sistemática por medio de sucesivos testeos. ¿Por qué, entonces, debe ser esto diferente en el ámbito de la predicción económica? ¿Por qué no puede el hombre de negocios que se ha hecho rico haber adquirido su posición de la misma forma que el relativamente más éxitoso pronosticador en las Ciencias Naturales?

Esto es lo que el teorema de la imposibilidad debe contestar. Sobre esto, sin embargo, McCloskey guarda silencio. Tampoco puede dar a ello respuesta un hermeneuta. Porque un teorema de la imposibilidad sería precisamente el

  • Mises correctamente pone el acento en que el argumento decisivo contra las predicciones causales en Economía debe ser la ausencia de “relaciones constantes“ en el campo del conocimiento y la acción humanas. Véase, por ejemplo, “Human Action“ (nota 13), pág. 55f.

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tipo de argumento capaz de parar en seco la conversación y que McCloskey dice que no existe. La demostración de que la predicción económica es categóricamente diferente de las que se hacen en las Ciencias Naturales no haría más que confirmar las reivindicaciones del Racionalismo. Semejante demostración no tendría consecuencias relativistas con respecto a las predicciones económicas como puede parecer en un primer momento —a sostener que un pronosticador económico no puede cometer ningún error sistemático y que por tanto el fracaso o acierto de cualquier pronóstico económico sería entonces enteramente consecuencia de la mala o buena suerte—. En su lugar, incluso si se demostrase que efectivamente existe un elemento suerte que es imposible de erradicar en el campo de la previsión económica, y que hiciera que el progreso, tal y como ocurre con la predicción tecnológica, fuese imposible en el campo de la Economía, esa prueba tendría simultáneamente que establecer la existencia de proposiciones económicas que serían apriorísticamente ciertas, que después restringirían sistemáticamente la gama de posibles predicciones sobre eventos económicos futuros, y que abrirían la posibilidad de predicciones sistemáticamente erróneas por estar apriorísticamente en desacuerdo con conocimientos válidos tan fundamentales.

Y, en efecto, argumenta el Racionalismo, las predicciones económicas que hicieran uso de la hipótesis de las causas invariantes en el tiempo deben por ello considerarse como sistemáticamente equivocadas. 40 Mientras que cada acción presupone causalidad, ningún actor puede concebir que sus acciones sean siempre predecibles sobre la base de causas que operen constantemente. La causalidad únicamente es concebible fuera del campo de la acción humana y las predicciones económicas, como predicciones relativas a acciones futuras, son imposibles. Esto se deduce del propio Modernismo, que McCloskey critica, lo que, dicho sea de paso, prueba una vez mas que su tesis es contradictoria. El Empirismo afirma que las acciones, al igual que cualquier otro fenómeno, pueden y deben ser explicadas por medio de hipótesis causales que pueden ser confirmadas o falsificadas mediante la experiencia. Ahora bien, si este fuera el caso, el Empirismo se vería obligado a asumir —en contra de su propia doctrina de que no cabe el conocimiento apriorístico de la realidad— que respecto de las acciones sí que existen causas que intervienen de forma invariante en el tiempo. Uno no sabría a priori qué evento particular puede ser la causa de una acción particular. La experiencia tendría que revelar esto. Pero a fin de proceder en la forma en que el Empirismo quiere que se proceda (es decir, relacionando diferentes experiencias relativas a secuencias de eventos para confirmarlos o ver si son

  • Véase Hans-Hermann Hoppe, “Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung“ (Opladen: Westdeutscher Verlag, 1983); Hoppe, “Is Research Based on Causal Scientific Principles Possible in the Social Sciences“, Ratio, XXV, no. 1, 1983.

30 La Hermenéutica frente al Empirismo ― El Racionalismo frente a ambos(Segunda Parte)

falsos y, si lo son, responder entonces con una reformulación de la hipótesis causal), se ha de presuponer que las causas, como tales, operan continuamente en el tiempo (sin ese presupuesto, las diferentes experiencias serían simplemente independientes, observaciones inconmensurables). 41 Sin embargo, si esto fuera cierto y en efecto las acciones pudieran concebirse como gobernadas por causas operativas invariantes en el tiempo, ¿Cómo explicar a los explicadores (es decir, a las personas que llevan a cabo el mismísimo proceso de creación de hipótesis, de verificación y de falsificación)? Evidentemente, con el fin de asimilar la confirmación o la falsificación de experiencias —para reemplazar antiguas hipótesis con nuevas— se ha de suponer que uno es capaz de aprender. Sin embargo, si uno es capaz de aprender de la experiencia, entonces uno puede no saber en algún momento lo que sabrá en un momento posterior y cómo actuará sobre la base de este conocimiento posterior. Por el contrario, uno sólo puede reconstruir las causas de sus acciones después de sucedido el evento, puesto que uno solamente puede explicar el conocimiento que posee tras haberlo adquirido. Por lo tanto, la metodología empírica aplicada al campo del conocimiento y la acción, que tiene al conocimiento como su ingrediente necesario, es simplemente contradictoria —un absurdo lógico—. 42

Por otra parte, es claramente contradictorio sostener que uno pueda algún día predecir su propio conocimiento y sus propias acciones basándose en causas antecedentes que operen constantemente. Argumentar esto no solo es absurdo, porque implica que uno puede saber ahora lo que sabrá en el futuro; también es contradictorio, porque hacerlo equivale a reconocer que hay algo, que aún no se entiende, que aún se tiene que aprender y examinar para ver si sus pretensiones de validez son aceptables, cuyos resultados hasta ese momento son desconocidos con respecto al resultado que se ha de seguir de ello (ya sea para nuestro futuro conocimiento o para el nuestro y el de otros sobre el conocimiento de los demás).

Así pues, como McCloskey afirma, aunque no lo prueba, las explicaciones causales empíricas sobre el conocimiento y la acción son de hecho imposibles. Quien pretenda, como los economistas empíricos invariablemente hacen, que es capaz de predecir el futuro del conocimiento y las acciones sobre la base de

  • Sobre esto, véase la nota 34.
  • Resulta interesante que esta prueba fuera por primera vez formulada por Popper en el prefacio de su “The Poverty of Historicism“ (London: Routledge & Kegan Paul, 1957). Sin embargo, Popper no se da cuenta de que semejante prueba en realidad invalida la idea del monismo metodológico y demuestra la inaplicabilidad de su filosofía falsificacionista en el campo del conocimiento y la acción humanas. Véase sobre esto a Hans-Hermann Hoppe, “Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung“ (note 40), págs 44-49; K.O. Apel, “Die Erklaeren: Verstehen Kontroverse“ (note 31), págs. 44-46, nota 19.

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variables antecedentes que operan constantemente, está sencillamente diciendo cosas que no tienen ningún sentido. No hay tales constantes en el campo de la acción humana, como Mises insistía una y otra vez. La predicción económica no es y nunca puede ser una ciencia, pero siempre será un arte imposible de enseñar de forma sistemática. Sin embargo, y voy a volver a esto en breve, esto no quiere decir que estas previsiones no estén en modo alguno restringidas. Si bien ninguna acción en particular se puede jamás predecir científicamente, todas y cada una de las predicciones sobre futuras acciones y sus consecuencias se ven limitadas por nuestro conocimiento apriorístico de las acciones como tales.

4. El Racionalismo y los Fundamentos de la Economía.

En la segunda parte de su crítica al Empirismo-positivista, los hermenéuticos fallan al igual que fallaron en la primera. Y de nuevo, es el Racionalismo Filosófico —crítico por igual con la Hermenéutica y con el Empirismo— el que se reivindica. Sin embargo, McCloskey señala que hay una cuestión adicional que es digna de mención en cuanto nos recuerda que la Hermenéutica moderna es una consecuencia de la disciplina de la interpretación de la Biblia. 43 En línea con esta orientación tradicionalista, la defensa de la Hermenéutica en última instancia se reduce a una apelación acrítica y a una aceptación de la autoridad. McCloskey nos pide que abracemos el nuevo viejo credo porque ciertas autoridades nos dicen que lo hagamos. En su opinión, el Empirismo no está equivocado como tal —de hecho, hubo un tiempo en que seguir el consejo empirista era algo bastante correcto. Pero eso fue cuando todas las autoridades filosóficas se habían vendido al Empirismo. Desde entonces el Empirismo no goza del favor de los monarcas de la Filosofía y sólo los profesionales de la ciencia todavía se aferran a él, sin darse cuenta de que la moda ha cambiado. Ya es hora, pues, que cambiamos y sigamos a los nuevos pioneros de la moda. Escribe McCloskey: “El argumento que Hutchison, Samuelson, Friedman, Machlup y sus seguidores dieron para adoptar su metafísica era un argumento de autoridad que en aquel momento era correcto, es decir, que eso era lo que los filósofos decían. La fe en la Filosofía fue un error táctico, porque estaba cambiando mientras hablaban” (pág. 12). Y lo mismo valepara la matematización de la Economía. Hubo un tiempo en que se consideró como algo positivo; ahora ya no. Los vientos de la moda cambian y es mejor que estemos atentos a ellos. “Los economistas antes de dar acogida a las Matemáticas cayeron de cabeza … en confusiones que unas pocas Matemáticas habrían despejado“. Imaginaros que

43 Véase sobre esto a H. Albert, “Traktat ueber kritische Vernunft“ (Tubingen: Mohr, 1969), especialmente el capítulo 5.V, VI.

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no podían tener claro, por ejemplo, la diferencia entre el movimiento de toda una curva y el movimiento a lo largo de una curva… Pero ahora, tanto tiempo después de la victoria, uno se podría preguntar si la fé que la sustentó tiene aún una función social. Uno se podría preguntar si la estridente chachara científica en Economía, que en su momento fue útil al aportar claridad y rigor a dicho campo, ha dejado de ser útil”. (Págs. 3-5)

Seguramente, esto está de nuevo a la altura de las formas genuinamente relativistas. Pero, como hemos visto, no hay en el mundo ninguna razón para aceptar tal Relativismo. El Relativismo es una posición que se contradice a sí misma. Y al igual que es imposible defender el Relativismo Hermenéutico como la metodología actual, es imposible defender el Empirismo Positivista de ayer. El Empirismo Positivista, también, es una doctrina que se contradice a sí misma, y no sólo por su monismo observacional, el cual no se puede afirmar sin admitir implícitamente su falsedad y sin aceptar una dualidad de fenómenos, observables y significativos, que se han de comprender gracias a nuestro conocimiento de la acción y de la cooperación. La distinción fundamental del Empirismo entre proposiciones analíticas, empíricas y normativas es igualmente indefendible. ¿Cuál es entonces la situación de la proposición misma que introduce esta distinción? Suponiendo que el razonamiento empírico es correcto, tiene que ser una proposición analítica o una proposición empírica o debe ser una expresión de emociones. Si se entiende como analítica, entonces, de acuerdo con su propia doctrina es meramente una expresión verbal, que no nos dice nada sobre la realidad, sino que solamente es definición de un sonido o de un símbolo por medio de otro por lo que uno simplemente tendría que limitarse a contestar: “¿Y qué?” La misma respuesta sería apropiada, si, en cambio, la proposición básica empirista se considerase empírica. Porque si esto fuera así, no solo se tendría que admitir que las proposiciones bien podrían estar equivocadas. Lo que es más decisivo es que, como proposición empírica, a lo más que podría aspirar es a establecer un hecho histórico por lo que sería totalmente irrelevante a los efectos de determinar si sería imposible que llegara jamás a producir: proposiciones apriorísticamente ciertas, que no fueran analíticas, o proposiciones normativas, que no fuesen emociones. Y, por último, si se supone que la línea empirista de razonamiento constituye un argumento emocional, entonces, conforme a sus propias conclusiones, carece cognitivamente de sentido y uno no tendría que prestarle más atención que al ladrido de un perro. Luego, tenemos que llegar a la conclusión de que el Empirismo Positivista es un completo fracaso. Si fuese correcto, su premisa básica ni siquiera podría considerarse como una proposición cognitivamente significativa; y si se pudiera considerar como tal y el Empirismo hubiera en efecto formulado la proposición que todos pensamos, entonces quedaría

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demostrado que la distinción analítica-empírica-normativa es falsa porque lo sería la mismísima proposición que la introduce. 44

¿Cómo es entonces posible que se haya considerado correcto seguir una doctrina falsa? Concebir a la Economía, o más precisamente a las acciones, como hace el Empirismo, y en consecuencia tratar a los fenómenos económicos como variables observables, medibles y manejables mediante el razonamiento matemático, siempre debe haber sido un error. Y la aparición del Positivismo en el campo de la Economía nunca podía añadir claridad, sino que desde el principio ayudó a introducir cada vez más falsedades en ese campo.

Hay un conocimiento empírico que es válido a priori. Y ese conocimiento nos informa que nunca ha sido correcto representar las relaciones entre los fenómenos económicos en términos de ecuaciones que tengan como presupuesto constantes empíricas causales, porque concebir las acciones como causadas por variables antecedentes y como predecibles sobre la base de variables antecedentes es algo contradictorio. Es más, el propio conocimiento apriorístico nos revela que es en todo momento incorrecto concebir a las variables económicas como magnitudes observables. Por el contrario, todas las categorías de acción deben ser entendidas solamente como interpretaciones subjetivas de los acontecimientos observables existentes. El hecho de que el conocimiento y la charla son las de un actor y que vengan limitados por nuestra naturaleza como actores es algo que no se puede observar, sino que más bien es algo que se ha de comprender. Tampoco es sencillo observar la causalidad o el tiempo objetivo, pero el

44 Mises escribe:

“La esencia del positivismo lógico es negar el valor cognitivo de un conocimiento apriorístico señalando que todas las proposiciones apriorísticas son meramente analíticas. No proporcionan nueva información, sino que son meramente verbales y tautológicas … Sólo la experiencia puede llevar a proposiciones sintéticas. Hay una obvia objeción contra esta doctrina, a saber, que esta proposición —que quien esto escribe piensa que es falsa— es en sí misma una proposición sintética a priori, ya que manifiestamente no puede ser establecida por la experiencia“ (“The Ultimate Foundation of Economic Science“ [nota 13], pág. 5).

Es notable observar que los empiristas reaccionan con total impotencia ante los argumentos de ese tipo que defienden proposiciones apriorísticas sintéticas. Como atestigua, por ejemplo, Mark Blaug, “The Methodology of Economics“ (nota 19), págs. 91-93, en el que se enzarza en un ataque de desprestigio total contra Mises (“los últimos escritos de Mises … sobre los fundamentos de la ciencia económica son tan irritantes e idiosincráticos que no deja de maravillarnos que alguien los haya tomado en serio“, pág. 93) sin presentar ni un soloargumento y sin darse cuenta de lo extraña que resulta su confianza en sí mismo y que el carácter apodíctico con la que presenta sus pronunciamientos metodológicos anti-apriorísticos contrasta con el falsificacionismo que profesa. La misma discrepancia entre, por un lado, una completa falta de argumentos y, por otra soberbia, apodíctica, también caracterizan el “tratamiento” que dispensa a la obra de Hollis y Nell “Rational Economic Man“ (nota 15) en las págs. 123-26.

34                                   El Racionalismo y los Fundamentos de la Economía.

conocimiento que tenemos de ellos está basado en nuestro conocimiento previo de lo que es la acción. Y lo mismo sucede con respecto al resto de las categorías económicas, como sobre todo Mises ha demostrado. No hay valores que puedan ser observados, sino que solo gracias a nuestro conocimiento previo de la acción podemos asignar valor a las cosas. De hecho, lo que llamamos acciones tampoco son algo observable sino algo que se ha de de entender. No se puede observar que con cada acción un actor persiga un objetivo y que, cualquiera que sea éste, el hecho de que un actor lo persiga revela que está asignándole un valor relativamente mayor que a cualquier otro en el que pudiera haber estado pensando al iniciar su acción. Además, tampoco se puede observar que para conseguir su objetivo más valorado un actor deba interferir (o decidir no interferir) en un momento previo en el tiempo para producir algún resultado después, ni que esas interferencias invariablemente impliquen el empleo de ciertos medios escasos (al menos los del cuerpo de los actores, el del espacio que ocupan y el del tiempo empleado en la interferencia). Es observable (1) que estos medios también deben tener valor para un actor —un valor derivado del objetivo que persiguen — porque el actor debe pensar que su empleo es necesario con el fin de lograr efectivamente el objetivo y (2) que las acciones sólo pueden ser realizadas de forma secuencial, siempre que impliquen la realización de una elección (es decir, tomando el curso de acción que en algún momento dado en el tiempo promete el resultado más valorado por el actor y que al mismo tiempo excluye proseguir otros objetivos, menos valorados). No se puede observar que, como consecuencia de tener que elegir y dar preferencia a un objetivo sobre otro — de no ser capaz de realizar todos los objetivos simultáneamente— cada acción implique incurrir en costes (es decir, renunciar al valor asignado al objetivo alternativo de más valor que no se puede realizar o cuya realización debe ser pospuesta porque los medios necesarios para conseguirlo están destinados a producir otro aún más altamente valorado). Y, por último, no es observable que en este punto de partida, se tenga que considerar que todos los objetivos de la acción (1) valen más para el actor que sus costos y (2) que sean capaces de producir un beneficio (es decir, un resultado cuyo valor se ha clasificado más alto que el de las oportunidades perdidas), y que, sin embargo, toda acción está también siempre abierta a la posibilidad de una pérdida cuando un actor descubre, en retrospectiva, que el resultado realmente alcanzado — contrariamente a sus previas expectativas— de hecho tiene un valor inferior al que habría obtenido con la alternativa a la que renunció.

Todas estas categorías (valores, fines, medios, la elecciones, preferencias, costes, pérdidas y ganancias, tiempo y causalidad) están implícitas en el concepto de acción. Para que uno sea capaz de interpretar las experiencias inherentes a esas categorías se requiere que uno ya sepa lo que significa actuar. Nadie que no sea un actor podría jamás llegar a entenderlas, ya que

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no vienen “dadas”, listas para ser experimentadas, sino que es la experiencia del actor la que construye y da sentido a esos términos. Luego, tratar a tales conceptos, como hace el Empirismo Positivista, como cosas que se extienden en el espacio y que son susceptibles de mediciones cuantificables es errar por completo el objetivo. Independientemente de lo que uno pueda explicar siguiendo los consejos empiristas, no tiene nada que ver con explicar las acciones y experiencias inherentes a las categorías de acción. Estas categorías son inevitablemente subjetivas. Y sin embargo, representan conocimientos empíricos en la medida en que son organizaciones conceptuales de eventos y sucesos reales. Son definiciones que no son meramente verbales; son definiciones reales de cosas reales y observaciones reales.45 Además, no solo son conocimiento empírico; contrariamente a todas las aspiraciones relativistas, incorporan un conocimiento empírico a priori válido. Porque está claro que sería imposible refutar su validez empírica, ya que hacerlo sería a su vez una acción dirigida a un objetivo, que requiere medios, con exclusión de otras líneas de actuación, que incurre en costos y somete al actor a la posibilidad de alcanzar o no el objetivo deseado y así de obtener una ganancia o sufrir una pérdida. La posesión de ese conocimiento no se puede negar, y la validez de estos conceptos no puede ser falsificada por ninguna experiencia contingente, puesto que disputar o falsificar algo presupone ya su propia existencia. De hecho, una situación en la que estas categorías de acción dejaran de tener una existencia real nunca podría llegar a observarse, puesto que hacer una observación equivale en sí a una acción.

El razonamiento económico tiene su fundamento en este conocimiento apriorístico del significado de la acción.46 Se ocupa de fenómenos que, aunque

  • Los empíricos, por supuesto, dirían que esas definiciones son tautologías. Sin embargo, debe quedar perfectamente claro que la precedente definición de la acción es de naturaleza categóricamente diferente a una definición de soltero como “persona no casada”. Mientras que esta última es de hecho una estipulación verbal completamente arbitraria, las proposiciones que definen la acción definitivamente no lo son. De hecho, mientras que uno puede definir cualquier cosa que a uno le plazca, no se puede dejar de hacer las distinciones conceptuales entre fines y medios y así sucesivamente ya que “definir algo en términos de otra cosa” sería a su vez una acción. Es por tanto contradictorio negar, como hace el Empirismo Positivista, la existencia de “definiciones reales”. Hollis y Nell (nota 15) observan “Las definiciones honestas son, desde un punto de vista empírico, de dos clases, léxicas y estipulativas” (pág. 177). Pero “cuando se trata de justificar [este] punto de vista, presumiblemente, se nos ofrece una definición de la definición. Cualquiera que sea la categoría de definiciones en la que se incardine una definición, no tenemos que aceptarla como carente de todo valor epistemológico. En efecto, no sería ni siquiera una potencial tesis epistemológica, a menos que no fuese ni léxica ni estipulativa. El enfoque [entonces] es a la vez inconveniente y se refuta a sí mismo. Una opinión contraria que cuenta con una larga tradición es que hay definiciones “reales”, que capturan la esencia de la cosa definida“. (pág. 178). Véase también B. Blanshard (nota 11),pág. 268f.
  • Hollis y Nell (nota 15, pág. 243) sostienen que el concepto primario sobre el que la Economía, concebida como una ciencia apriorística, descansa no es ninguna “acción” sino en “la

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objetivamente existentes, no pueden ser medidos físicamente, sino que deben ser entendidos como eventos conceptualmente distintos. Y trata de fenómenos que no se pueden predecir a partir de causas que operen constantemente; y nuestro conocimiento predictivo acerca de tales fenómenos, en consecuencia, no se puede decir que esté limitado por leyes empíricas contingentes (es decir, leyes que uno tendría que descubrir mediante experiencias posteriores). En su lugar, se trata de objetos y eventos que se ven limitados por la existencia de unas leyes y restricciones válidas, lógicas o praxeológicas a priori (es decir, leyes cuya validez es totalmente independiente de cualquier tipo de experiencia a posteriori). El razonamiento económico consiste en (1) una comprensión de las categorías de la acción y del significado de un cambio en los valores, preferencias, conocimientos, medios, costes, beneficios o pérdidas y demás (2) en una descripción de una situación en la que estas categorías asumen un significado específico y en la que individuos concretos son descritos como actores, que tienen unos concretos objetivos, medios, beneficios y costes y (3) una deducción lógica de las consecuencias que resultan de la introducción de alguna acción especifica en esta situación o de las consecuencias que se derivan para un actor si esta situación cambia de una manera específica. Siempre que no haya ningún fallo en el proceso de deducción, las conclusiones a las que se llega con ese razonamiento son válidas a priori debido a que su validez, en última instancia, se remonta al axioma indiscutible de la acción. Si la situación y los cambios introducidos en la misma son ficticios o supuestos, entonces, las conclusiones son ciertas a priori solamente en un mundo que sea posible. Si, por otra parte, la situación y los cambios se pueden identificar como reales, percibidos y conceptualizados como tales por actores reales, entonces, las conclusiones son proposiciones a priori verdaderas sobre el mundo como realmente es. Y tales conclusiones realistas, que son la principal preocupación de los economistas, actúan como limitaciones lógicas sobre nuestras predicciones actuales de los acontecimientos económicos del futuro. No garantizan predicciones correctas —incluso si los presupuestos empíricos son de hecho

reproducción del sistema económico“. Dándose cuenta del desacuerdo que existe entre losaprioristas, Caldwell (nota 10, pág. 131 y ss.) llega a la curiosa conclusión de que algo debe estar mal con el apriorismo y a abogar después por rechazar cualquier compromiso con el Pluralismo (véase la nota 10). Sin embargo, tal razonamiento es tan concluyente (o, mejor dicho, no concluyente) como inferir del hecho de que existan discrepancias entre las personas, en cuanto a la validez de ciertas proposiciones empíricas, que no hay hechos empíricos y, por tanto, que ninguna ciencia empírica es posible. De hecho, la conclusión de Caldwell es aún más curiosa, dado que en la controversia en cuestión, la solución es clara como la luz del día: sea lo que sea que un “sistema” económico pueda ser, puede ciertamente no existir o no ser susceptible de ser reproducido de no haber agentes que actúen. Es más, decir que la “reproducción del sistema” es el concepto primario para el análisis económico es claramente contradictorio —a menos que fuese simplemente sinónimo de decir que en eso consiste la acción— porque para decirlo se necesita de un actor que efectivamente así lo diga.

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correctos y las deducciones son impecables— porque en la realidad, pueden estar ocurriendo simultáneamente todo tipo de cambios en la situación o después del cambio introducido explícitamente en los datos de la dualidad [acción-mundo]. Y a pesar de que también afectan a la forma de las cosas que están por llegar (y cancelar, aumentar, disminuir, acelerar o ralentizar los efectos derivados de otras fuentes), esos cambios concurrentes nunca se pueden, en principio, predecir o mantener constantes experimentalmente, porque concebir el conocimiento subjetivo (en el que cada cambio tiene un impacto en la acción) como predecible sobre la base de variables antecedentes y como susceptible de permanecer constante es algo totalmente absurdo. El experimentador que de este modo quisiera mantenerlo constante, de hecho, tendría que presuponer que su conocimiento, específicamente su conocimiento con respecto al resultado del experimento, no se podría asumir que fuese constante en el tiempo. Sin embargo, aunque no pueden hacer que cualquier específico evento económico futuro se dé por seguro o sea incluso predecible sobre la base de una fórmula, semejantes conclusiones apriorísticas, no obstante, restringen sistemáticamente el rango de predicciones posiblemente correctas. Las predicciones que no se ajustan a ese conocimiento estarían sistemáticamente viciadas y conducirían a un aumento sistemático en el número de errores de las previsiones —no en el sentido de que quien haga sus predicciones sobre los eventos económicos futuros basándose en el razonamiento praxeológico correcto tenga necesariamente que hacerlas mejor que alguien que las obtenga a partir de deducciones lógicas erróneas y cadenas de razonamiento viciados, sino en el sentido de que a largo plazo, certeris paribus, obtendría en promedio mejores resultados —.

Con respecto a cualquier pronóstico específico, es muy posible fallar a pesar de haber identificado correctamente un cambio de la situación que se describe en términos de las categorías apriorísticas de la acción y de haber analizado correctamente las consecuencias praxeológicas de dicho cambio, porque uno puede equivocarse a la hora de identificar algún otro cambio concurrente. También es posible que, habiéndose descrito correctamente el cambio experimentado en una determinada situación, se obtenga un pronóstico correcto a pesar de ser praxeológicamente incorrectas las consecuencias extraídas de ese cambio, porque otros eventos simultáneos podrían contrarrestar la errónea evaluación de sus efectos. Sin embargo, si se asume que, en promedio, los pronosticadores con o sin un sólido conocimiento de las leyes y las constantes praxeológicas están ambos igual de bien equipados para anticipar los distintos cambios concurrentes en la dualidad [acción-mundo] y de dar cuenta de ellos en sus predicciones, entonces, el grupo de pronosticadores que haga sus predicciones

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reconociendo esas leyes y ajustándose a las mismas tendrá más éxito que quienes no lo hagan.

Al igual que todos los teoremas económicos, la ley de la demanda (que genera considerable malestar tanto a los empíricos como a los hermenéuticos por la posición central apodíctica que asumen en Economía) constituye a priori una verdadera restricción en cuanto a las consecuencias de ciertas acciones. El Empirismo nos dice que hemos de entenderla como una hipótesis en principio falsificable sobre las consecuencias de los cambios en los precios. Sin embargo, si lo aceptamos y sometemos a esa ley a pruebas empíricas, es frecuente descubrir que un incremento de precios, por ejemplo, va de la mano con un aumento de la cantidad demandada o que una disminución del precio se ve acompañada de una disminución de la demanda. La ley se cumple a veces y para algunos bienes, pero en otras ocasiones, respecto de los mismos o de otros bienes, no se cumple. ¿Cómo, pues, concluye el Empirismo, pueden los economistas asignar a esta ley la posición axiomática que ocupa en la Teoría Económica y construir una red compleja de ideas basadas en ella? Hacer eso, debe parecer a ojos de un empírico, que no es sino mala Metafísica que ha de ser expulsada cuanto antes de la disciplina para devolver a la Economía a la senda correcta. 47

La Hermenéutica no tiene más éxito a la hora de justificar la ley de la demanda. McCloskey se da cuenta de que la defensa empirista de la ley es débil en el mejor de los casos. Sin embargo, él cree que es aceptable aferrarse a ella, ya que —a pesar de su Empirismo profeso, la mayoría de los economistas, de hecho, lo hacen— porque la ley de la demanda es supuestamente convincente a la luz de otras pruebas hermenéutica (págs. 58-60). Las supuestas evidencias que la sustentan provienen de la ” introspección“, de “experimentos mentales” y de historias de casos ilustrativos; está el hecho convincente de que los “empresarios” creen en la ley al igual que “muchos sabios economistas“; la “simetría de la ley” hace que sea estéticamente atractiva;una “simple definición ” le da fuerza; y “por encima de todo, existe analogía. Que la ley de la demanda es cierta para el helado y las películas, cosa que nadie se atrevería a negar, hace que sea también más convincente para la gasolina” (pág.60). Nada de esto, sin embargo, puede hacer que la ley de la demanda esté mejor fundada ni le proporciona la autoridad que de hecho ejerce. Es indudable que la introspección es la fuente de nuestro conocimiento de la ley de la demanda. Esta particular ley, como la Lógica o las Matemáticas, no se basa en observaciones. Sin embargo, la introspección como tal, o los experimentos mentales, no pueden establecer la ley de la demanda más y mejor de lo que pueden hacerlo las pruebas que resultan de la observación.

  • Sobre la posición de los empíricos respecto de la ley de la demanda, véase Mark Blaug (nota 19), capítulo 6.

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También la evidencia introspectiva es experiencia contingente. Aquí y ahora, alguien llega a esa idea y más tarde, en otro lugar, otra persona llega a la misma o a diferente conclusión. Como el propio McCloskey afirma, “si uno está bien familiarizado con la Economía“, tanto la introspección como losexperimentos mentales hacen que la ley parezca muy convincente (Pág. 59). Pero, mutatis mutandis, entonces, si uno no está tan familiarizado con ella, la introspección podría hacer que la ley fuese mucho menos atractiva. En cuyo caso, sin embargo, la introspección, como tal, es difícil que pueda prestarle ningún apoyo sistemático. De hecho, apelar a la evidencia introspectiva de los economistas implica plantear una cuestión de principio ya que, en primer lugar, tendría que explicar por qué tiene uno que aceptar esa familiarización con lo económico o semejante lavado de cerebro. Igualmente, el registro histórico de casos o las convicciones de ciertos empresarios o de algunos sabios economistas no prueban nada. Los criterios estéticos y las meras definiciones, tampoco, tienen ningún valor epistemológico. Y las conclusiones per analogiam sólo son concluyentes si la propia analogía puede decirse quees correcta —aparte del hecho de que ciertamente no sería imposible que alguien dijera que la ley de la demanda suena poco convincente hasta para los helados y las películas—.48 Por lo tanto, la Hermenéutica no ofrece nada sustantivo para reivindicar nuestra creencia en la ley de la demanda.

Y sin embargo, la ley de la demanda es objetivamente cierta a pesar de no estar basada en experiencias contingentes externas o internas. Su fundamento radica más bien en nuestra comprensión introspectiva de la acción como presupuesto práctico de nuestras experiencias externas e internas y en el reconocimiento del hecho de que esa comprensión debe ser considerada epistemológicamente como previa a cualquier acto contingente de comprensión en cuanto no sería posible que fuese falsificada por aquél. El hecho de que para intercambiar sucesivas unidades de un bien A por unidades sucesivas de un bien B, la relación de canje entre A y B ha de disminuir es algo que se desprende de la ley de la utilidad marginal: conforme la oferta de A disminuye y la utilidad marginal de una unidad de A aumenta la oferta de B aumenta y la utilidad marginal de las unidades de B disminuye, y por lo tanto sucesivas unidades de A serán canjeables por unidades sucesivas de B sólo si contrarrestando estos cambios divergentes en la valoración de A y B que siguen a cada intercambio, B se vuelve sucesivamente más barata en términos de A. Y como fundamento de la ley de la demanda, esta ley de la utilidad marginal resulta directamente de la innegable proposición de que todos los actores prefieren siempre lo que les satisface más a lo que les

48  Más aún, ¿Porqué no habría de ser también válido ese argumento entendido en sentido contrario? Si empíricamente la ley de la demanda no parece funcionar para algunos bienes, ¿Por qué no ponerla en cuestión por analogía en aquellos casos en los que sí que funciona? (Debo este argumento a David Gordon).

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satisface menos.49 Como entonces cualquier incremento en una unidad adicional que se produzca en la oferta de un bien homogéneo (es decir, de un bien cuyas unidades se considera que son intercambiables y tienen la misma capacidad de servir o utilidad) solamente puede emplearse como medio para conseguir un objetivo considerado de menor valor (o para eliminar un malestar que se considera menos urgente) que el objetivo menos valioso satisfecho por una unidad de ese bien si su oferta fuera una unidad inferior. 50 Y como requiere cualquier ley apriorística y, nuevamente con independencia de cualesquiera experiencias contingentes, esta ley también delimita con precisión su rango de aplicación y explica qué posibles ocurrencias no pueden considerarse excepciones o eventos que la falsifiquen. Por un lado, la validez de la ley de la utilidad marginal decreciente no está afectada en absoluto por el hecho de que la utilidad de la unidad marginal de un bien pueda aumentar y disminuir con el tiempo. Si, por ejemplo, se hallara un uso desconocido hasta ahora para una unidad de algún bien que se estimara más valioso que el uso actual de menor urgencia de una unidad de este bien, la utilidad derivada de su empleo marginal sería mayor ahora que antes. Más a pesar de ese aumento de la utilidad marginal, no se trata de algo así como una ley de la utilidad marginal creciente. Porque no sólo haría que el actor, cuyo suministro del bien en cuestión se mantuviera sin cambios y que se diese cuenta de semejantes nuevos usos, tuviera que renunciar a satisfacer un deseo que antes había colmado para satisfacer otro; sino que haría que renunciase al menos urgente. Más aún, si con este nuevo estado de cosas en cuanto al conocimiento de un actor sobre posibles usos para las unidades de algún bien dado, su suministro aumentase en una unidad adicional, su utilidad marginal disminuiría ya que la emplearía precisamente en satisfacer ese

  • Sobre esto véase Ludwig von Mises, “Human Action“ (note 13), pág. 124.
  • Robert Nozick (“On Austrian Methodology” en Synthese, 36, 1977) cree que los austriacos son incoherentes (1) al sostener que las acciones muestran invariablemente preferencias (y nunca indiferencia) y (2) al emplear la idea de la “homogeneidad” y el de la “idéntica utilidad” de los bienes en su Ley de la Utilidad Marginal (pág. 37 ff). Sin embargo, semejante acusación solo sería correcta si la “preferencia” y la “indiferencia” fueran ambas consideradas como categorías del mismo tipo. Esto ha sido correctamente señalado por Walter Block (“On Robert Nozick’s ‘On Austrian Methodology‘,” Inquiry, 23, 1980), quien insiste en que la “indiferencia” no es, a diferencia de la “preferencia”, una categoría praxeológica. Aún así, su clasificación de la indiferencia en cambio como una “categoría psicológica” (pág. 424) también es incorrecta. De hecho, la “igualdad” es una categoría epistemológica: los humanos son actores y conocedores; solo actúan porque conocen y solo conocen cuando actúan. Que algo es igual (o diferente) de otra cosa lo sabemos por nuestra condición de actores que conocen (Efectivamente, la “igualdad’ es una categoría epistemológica universal en la medida en que uno no podría decir nada, por ejemplo respecto de las acciones, sin el concepto de que algo es una instancia de un tipo particular de cosa). Ese algo que sabemos que es igual, nunca puede ser realmente tratado con indiferencia ya que conocemos porque actuamos. La Ley de la Utilidad Marginal Decreciente es entonces una ley referida a seres que conocen y actúan.

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deseo a cuya satisfacción había antes renunciado por su relativamente menor urgencia.

Tampoco es una excepción a la ley de la utilidad marginal decreciente que un aumento en la oferta de un bien de n a n+1 unidades pueda conducir a un aumento de la utilidad asignada a una unidad de ese bien si esa mayor oferta, considerada y evaluada en su conjunto, puede emplearse para la satisfacción de una necesidad considerada más valiosa que el valor asignado a toda la satisfacción que se podría conseguir si las unidades de la oferta fuesen cada una empleada por separado para los distintos objetivos que se podrían lograr por medio de una unidad individual de ese bien. 51 Sin embargo, en ese supuesto, el aumento de la oferta no sería unidades de oferta de la misma utilidad, ya que las unidades sencillamente ya no se evaluarían por separado. Sino que lo que más bien pasaría es que con el aumento de la oferta de n a (n + 1) se crearía una nueva y distinta unidad de un bien de mayor tamaño que se evaluaría como tal, y la ley de la utilidad marginal decreciente se aplicaría después a ese bien de la misma forma que se aplica a un bien de menor tamaño en cuanto que la primera unidad de este bien de tamaño n + 1 se dedicaría de nuevo a satisfacer el uso más urgente al que un bien de este tamaño podría destinarse, la segunda unidad suministrada de dicho bien de mayor tamaño se emplearía para el segundo objetivo más importante que deben cumplir los bienes de ese tamaño, y así sucesivamente.

La ley de la demanda entonces, en cuanto basada en este teorema válido a priori, nunca ha hecho la predicción absoluta de que se comprará una menor cantidad de un bien si su precio sube. Más bien establece que ése será el caso, sólo ceteris paribus, es decir si con el tiempo no se produce un aumento en la demanda del bien en cuestión y si el aumento de su oferta no afecta a un bien cuyas unidades sean de mayor tamaño y, mutatis mutandis, la demanda de dinero no disminuye ni su menor oferta tampoco afecta a unidades monetarias de menor tamaño y evaluadas separadamente.52 Como es

  • Véase Ludwig von Mises, “Human Action“ (nota 13), pág. 125; M.N. Rothbard, “Man, Economy, and State“ (nota 13), pág. 268 ff.
  • Los empíricos se quejarán de que una formulación de la ley como ésa la convertirá en tautológica e infalsificable. Ambas acusaciones son falsas. Claramente, el descubrimiento de un nuevo uso, más altamente valorado para, por ejemplo, una unidad de un bien dado, es decir, el evento “aumento de la demanda” y el evento “se paga un precio más alto por ello” son dos eventos conceptualmente distintos y relacionar lógicamente este tipo de eventos es, pues, una cosa categóricamente diferente a estipular que “soltero significa no casado” (véase también la nota 45). Por otra parte, que el uso de cláusulas ceteris paribus en economía implica una estrategia de inmunización sería cierto únicamente si las proposiciones económicas se refirieran efectivamente a leyes causales empíricas contingentes. En Ciencias Naturales, donde, por ejemplo, las leyes sí que tienen ese estatus, semejante queja sería apropiada —y sin embargo en ese ámbito, curiosamente, uno casi nunca se encuentra con cláusulas ceteris paribus—. En Ciencias Naturales, las hipótesis predictivas que siguen la estructura “si … entonces” son en realidad tratadas como aplicables siempre que se da la

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imposible disponer de una fórmula que le permita a uno predecir si tales cambios se producen simultáneamente con un aumento dado de los precio (al ser tales cambios dependientes del futuro estado de conocimiento de la gente y ser el conocimiento futuro, en principio, impredecible al estar basado en causas que operan constantemente) entonces, ese conocimiento apriorístico tiene una utilidad bastante limitada a los efectos de predecir el futuro económico de uno. Sin embargo actúa como una limitación lógica sobre las predicciones en la medida en que, de entre todos los pronosticadores que preven correctamente que semejante cambio concurrente tendrá lugar, solamente el que reconozca la ley de la demanda hará efectivamente una predicción correcta, mientras que el que mantenga convicciones que estén en desacuerdo con esa ley fallará. Tal es la lógica de las predicciones económicas y la función del razonamiento praxeológico.

El Empirismo recomienda la Ley de la demanda porque supuestamente luce bien —aunque ni podamos verlo, ni supere una demostración empírica—. La Hermenéutica, por el contrario, la recomienda porque supuestamente suena bien —aunque a algunos les suena mal—. Y sin algún criterio objetivo y

condición del ‘si’ sin que importe cual sea ésta. Y solo es por eso que tales hipótesis se pueden validar (solo hay una manera de probar las hipótesis que versan sobre relaciones causales empíricas y contingentes: en y mediante su aplicación a los hechos). Si, por el contrario, uno exigiera que para aplicar una hipótesis o para reiterar un supuesto de aplicación de la misma se ha de contar con una completa descripción del mundo existente en el momento de su aplicación o que todo sea igual en la segunda aplicación que en la primera (más allá de la igualdad de condiciones establecida explícitamente en la cláusula si-entonces), la hipótesis se haría inaplicable y por lo tanto estaría vacía por la razón práctica de que semejante demanda implicaría literalmente describir todo el universo y por la razón teórica que nadie en cualquier punto en el tiempo podría posiblemente saber cuales son todas las variables que componen ese universo (ya que esta cuestión sigue abierta a nuevos descubrimientos). La situación es completamente diferente en Economía, y es muy curioso que ésto no se haya puesto de manifiesto —considerado el hecho de que el uso de las cláusulas ceteris paribus en las ciencias empíricas haría que dichas ciencias fueran inútiles cuando, sin embargo, lo cierto es que dichas cláusulas se emplean constantemente en Economía—. ¿Por qué, entonces, no considerar seriamente la idea de que la Economía podría ser una ciencia totalmente diferente? De hecho, como ya hemos visto, es así. Las proposiciones económicas se pueden validar de forma independiente de cualquier aplicación fáctica al venir implícitas (o no) en el axioma indiscutible de la acción y en ciertas situaciones y cambios de situación que se describen en términos de las categorías de la acción. Sin embargo, entonces, las cláusulas ceteris paribus son totalmente inofensivas. De hecho, su uso simplemente sirve para recordarnos que las consecuencias que se obtienen sólo se dan si la situación es, en efecto, como se describe (y no es, según la lógica praxeológica, diferente), y que en todas las aplicaciones reales de los teoremas económicos (es decir, cada vez que la situación analizada pueda ser identificada como real) no es posible mantener el ceteris experimentalmente constante (ya que “mantener constante”, en principio, sólo se puede hacer lógicamente por medio del pensamiento-experimentación). Sobre esto véase también Hans-Hermann Hoppe, “Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung“ (nota 40), pág. 78-81.

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extralingüístico de distinguir entre lo bueno o lo malo, es imposible decir nada más en defensa de la ley de la demanda excepto que hubo alguien que dijo que era buena.

Los Austriacos, como ya debería estar claro a estas alturas, no tienen razón alguna para tomarse muy en serio ni a los viejos Empiristas ni a los nuevos Hermenéuticos. En cambio, deberían tomarse más en serio que nunca la posición del Racionalismo a ultranza y de la Praxeología tal como hizo por encima de todo el “doctrinario” Mises, por muy pasada de moda que esa posición pueda ahora padecer.

About Rodrigo Betancur

Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia
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